lunes, 27 de enero de 2014

ARTE BAJO EL TERROR (II): EL CASO OESTERHELD

 
 Imagen: FATPREN
 
“Lástima que los hombres sólo dan valor a lo raro… No aprecian lo que abunda… Para ellos vale más un pedazo de oro, sin trabajar, que una hoja de árbol o una pluma de pájaro…”


Hombres de hierro que no escuchan la voz
Hombres de hierro que no escuchan el grito
Hombres de hierro que no escuchan el dolor
Gente que avanza se puede matar
Pero los pensamientos quedarán

León Gieco, Hombres de hierro, 1973[2]   

Veinte años antes de ser secuestrado, en abril de 1977, por órdenes de la dictadura militar argentina, el escritor y guionista de historietas Héctor Germán Oesterheld (1919-¿1978?) había fundado con su hermano la editorial Frontera desde la cual daría a conocer su más célebre comic, El Eternauta, en septiembre de 1957. En él Oesterheld narra una invasión extraterrestre en la misma ciudad de Buenos Aires, ejecutada por unos horribles seres que obedecen las órdenes de otros que nunca se muestran, los “Ellos”. La invasión se inicia con una insólita tormenta de nieve que acaba con la vida de buena parte de sus habitantes. Oesterheld reeditó su famosa historieta dos veces más a lo largo de su vida. La última fue en 1976 cuando su país entraba en el período más oscuro de su historia: en marzo un golpe de estado militar implantó la que sería una de las más atroces dictaduras del continente. A partir de entonces Oesterheld empieza a vivir la pesadilla que había prefigurado desde 1957: adherido a la organización guerrillera Montoneros, al igual que sus cuatro hijas, pasa a ser su jefe de prensa y entra en la clandestinidad, desde donde termina el guion de El Eternauta. Segunda parte, dictándole los textos por teléfono a su dibujante Solano López.

En la navidad de 1977 el historietista fue visto con vida en un centro de detención clandestino por un testigo secuestrado que sobrevivió para contarlo, Eduardo Arias. Por ser Nochebuena los guardias les permitieron a los secuestrados quitarse las capuchas, fumar un cigarrillo y hablar entre ellos durante cinco minutos. El aspecto de Oesterheld, de 58 años, era absolutamente penoso. A Arias, si es que lo leyó alguna vez, le pudo haber recordado a aquel extraterrestre capturado y agonizante de uno de los capítulos de la historieta, cuyo semblante se torna humano y canta un conmovedor estribillo de despedida en su lengua. Se presume que al año siguiente Oesterheld fue asesinado. El mismo destino tuvieron sus cuatro hijas y sus yernos. Este contexto de horror parecía ser una exteriorización real de su famoso relato gráfico.

 Edición conmemorativa por los 50 años de El Eternauta
Imagen: Goodreads

Durante los meses de clandestinidad Oesterheld vivía en hoteles, bares e incluso plazas. Sus hijas Beatriz y Diana (embarazada de seis meses al momento de su secuestro) fueron asesinadas por miembros del régimen en 1976, y su nieto Fernando, hijo de Diana y de apenas un año, llevado a una casa cuna y registrado como N.N. hasta el 10 de agosto de ese año en que fue recuperado por sus abuelos paternos. El siguiente en caer fue el propio Oesterheld: el 27 de abril de 1977 fue secuestrado en la ciudad de La Plata. Su yerno Raúl Araldi, esposo de Diana, fue asesinado en agosto de 1977 por miembros de la policía. Siguió Marina, la menor (18 años), embarazada de ocho meses, en noviembre de ese año. Y por último Estela, la mayor (24 años): el día que despachaba una carta en la que le comunicaba a su madre la desaparición de Marina, ella y su esposo Raúl Mórtola fueron asesinados a quemarropa. Su hijo Martín, de tres años, fue llevado al centro de detención donde se encontraba su abuelo para que éste les dijera a sus carceleros dónde podían entregar al niño. Fueron las únicas horas que Oesterheld pasó con un miembro de su familia durante su cautiverio. El mismo día, 14 de diciembre de 1977, el niño fue entregado a Elsa Sánchez, la esposa del historietista. Veinte años después el propio Martín, para entonces diseñador gráfico, declararía: “Cuando un taxista me dice: ‘Acá estaríamos mejor con mano dura’, no lo puedo creer. Porque además de la vida y la memoria, el país perdió la cultura: con los desaparecidos se fue una generación de gente pensante. Y ese hueco se siente. Se necesita educación para que la gente despierte y piense”.[3]

Elsa Sánchez perdió a su marido, sus hijas y sus dos yernos; sólo el cadáver de una de ellas, Beatriz, le fue devuelto. Su nieto Fernando se crió con sus abuelos paternos. Algunos informes sostienen que Diana y Marina dieron a luz en cautiverio y que sus bebés fueron robados; otros afirman que los dos bebés nunca nacieron. Siete miembros de la familia Oesterheld asesinados por orden de la dictadura, la misma que organizó el mundial de fútbol de 1978, que celebró el triunfo de su selección, mientras mantenía su Proceso de Reorganización Nacional bajo el imperio del terror; la misma que desató una guerra suicida contra Inglaterra por las islas Malvinas. Ese proceso de reorganización nacional costó la desaparición de 30.000 personas, sin contar los muertos de la guerra.

Tanto El Eternauta –la obra maestra de Héctor Germán Oesterheld– como la definición de los militares de las víctimas, el neologismo argentino del “desaparecido”, dan cuenta de un “proceso” que sigue sucediendo, un horror del que no es posible despertar. Mientras que en este clásico de la historieta argentina el protagonista Juan Salvo (el Eternauta) viaja en el tiempo intentando infructuosamente encontrar a su esposa e hija, los familiares de los desaparecidos buscaron durante décadas a sus seres queridos que en una siniestra maniobra de los militares argentinos fueron “expulsados” a otra dimensión: la de la “desaparición”. Basta aquí recordar las tenebrosas y tan citadas palabras de Videla (el dictador de turno): “Los desaparecidos no están ni vivos ni muertos. Están... desaparecidos”.[4]
En aquellos años de terrorismo de estado las opciones que tenían los argentinos frente al mismo eran pocas: el silencio, la protesta pacífica (como la de las Madres de la Plaza de Mayo que clamaban por sus hijos desaparecidos), el exilio, la rebelión... Oesterheld y sus hijas optaron por la última, la militancia clandestina en la organización Montoneros.

Imagen: entrecomics.com

En la segunda parte del relato, la que Oesterheld escribiera en la clandestinidad, Juan Salvo es el líder de una rebelión armada contra los invasores que cada vez actúa con más saña, aun a costa del sacrificio de sus propios combatientes, sin inmutarse ante el dolor. Era lo que pasaba con Montoneros, organización que terminaría desarticulada política y militarmente. Desde un comienzo la historieta tuvo un fondo político: situándose la invasión en un país periférico, la Argentina, los países del Norte le dan su apoyo con armas y bombas nucleares; luego, en la segunda reedición -la de 1969 que pone fin a la primera parte de la saga-, el Norte traiciona al Sur vendiéndolo a los jefes invisibles de la invasión, los “Ellos”, para salvarse de ésta. Oesterheld escribe en un momento particularmente intenso de la Guerra Fría. Una posible lectura política es que si en un comienzo el enemigo era el imperialismo soviético (el de Stalin y Kruschev), el imperialismo estadounidense va a dejar al Cono Sur en manos de sus militares y sus dictaduras (Operación Cóndor) a su triste suerte: “En El Eternauta se encuentra toda una construcción jerárquica de dominación: los cascarudos, los gurbos, los hombres-robot son controlados por los Manos quienes a su vez son lugartenientes oprimidos por los Ellos, verdaderos amos del tablero de la vida y la muerte”.[5]  
  
Aunque no todos concuerdan en reconocer el comic o historieta como una forma de literatura, se le ha llamado literatura de la imagen, literatura dibujada o literatura gráfica. Otros consideran que el comic es un arte en sí mismo. Sin embargo, muchos lo ven aun como un género menor.

Héctor Germán Oesterheld Puyol, de ascendencia alemana y española, fue un innovador de la historieta en Argentina. Con El Eternauta mostró que así como en la realidad la atención mundial podía estar en la periferia, con sus hechos, países y personajes, una historieta sudamericana bien podía ubicarse en su propio territorio reflejando un poco el momento histórico, la geopolítica actual y lo que se veía venir en años posteriores dentro de la dinámica de esa guerra fría que libraban las dos mayores potencias del planeta.

No sólo las esquinas y monumentos de la ciudad de Buenos Aires -fácilmente reconocibles por los lectores argentinos- están explícitamente incorporados en la historia: también el momento histórico-político se deja entrever en los detalles: se divisan, por ejemplo, grafitis políticos (“Vote Frondizi”) que reflejan el aquí y ahora del lector. Esto constituyó una revolución en la narrativa argentina: los extraterrestres no sólo invadían New York o Londres sino que ahora aterrizaban en Buenos Aires lo que rompía [...] un cierto gesto colonialista que aseguraba que la aventura siempre estaba en el centro y nunca en “nuestra periferia”.[6]
Imagen: La Historieta en las Escuelas

Además de esta y otras importantes historietas de ficción como Sargento Kirk, El Indio Suárez, Ernie Pike, Rolo el marciano adoptivo, Mort Cinder, Sherlock Time y La Guerra de los Antartes, que lo convirtieron en el más importante historietista argentino de su generación, Oesterheld escribió relatos infantiles (fue así como inició su carrera literaria) y recibió el encargo de escribir dos biografías en formato de historieta: una sobre el Che Guevara y la otra sobre Eva Perón. La del Che -dibujada por Alberto Breccia, uno de los más grandes e influyentes historietistas de todos los tiempos, y su hijo Enrique- se publicó en 1968 pero el gobierno militar de entonces ordenó retirarla de circulación y secuestró los originales. La de Evita no se llegó a publicar en vida del escritor sino póstumamente en 2002. Se cree que la biografía de Guevara  (que había molestado mucho a los militares), la militancia en Montoneros y la segunda parte de El Eternauta fueron los motivos principales que llevaron a la dictadura a desaparecerlo.

No obstante, Oesterheld nunca empuñó un arma, su trabajo estaba en el área de prensa de la organización subversiva que, de todos modos, lo utilizaba en ocasiones para enviar mensajes cifrados a través de la historieta en cuestión. Su viuda considera, por obvias razones, que el ingreso de Oesterheld y sus hijas en Montoneros fue un error fatal. El escritor decidió seguirlas hasta las últimas consecuencias en aquella aventura suicida que logró transponer en su historieta maestra. Él mismo pasó a personificar una conmovedora historia de resistencia que vivía día a día. De hecho, ya desde El Eternauta I había decidido incluirse a sí mismo en la historia como testigo y narrador de la aparición de su personaje. Y siguió figurando en la segunda parte, manifestando incluso dudas por los cambios que sufría su héroe, por las decisiones que tomaba. Su obra era también un ejercicio de auto-ficción. ¿Pero hasta qué punto Oesterheld estaba convencido de la temeraria opción que había asumido después de mostrarse un tanto escéptico frente a la mutación extrema de Juan Salvo, su alter ego? Nunca lo sabremos. “Me invade una rara mezcla. Piedad y rechazo”,[7] escribió en una de las viñetas. Lo dolorosamente cierto es que acabó por encarnar, en el mundo real, su propia desaparición. Es la historia de Oesterheld otro de esos casos en los que vida y obra van de la mano hasta un trágico final, sin doblegarse nunca ante el miedo institucionalizado.


   
  
      





[1] Citado por Liliana Ruth Feierstein en “El Proceso”: de Kafka a Oesterheld, pdf., p. 198.
[2]  Canción de León Gieco, cantautor perteneciente a una brillante generación de músicos de folk y rock argentinos, como Luis Alberto Spinetta, Charly García, Litto Nebbia y Juan Carlos Baglietto, entre otros. Gieco hubo de exiliarse durante la dictadura (1976-1983). De ese período es su más conocida canción, Sólo le pido a Dios.
[3] Testimonio recogido en http://www.desaparecidos.org/arg/victimas/o/oesterheld/hector.html “Nadie pudo matar al eternauta”.
[4] Liliana Ruth Feierstein, op. cit., p. 178.
[5] Ibíd., p. 197.
[6] Ibíd., p. 195.
[7] Citado por Liliana Ruth Feierstein, op. cit., p. 200.

sábado, 18 de enero de 2014

ARTE BAJO EL TERROR (I): TEATRO, CINE Y MACARTISMO

En agosto de 2011 las amenazas de muerte proferidas por una banda criminal contra doce grupos teatrales de barrios populares de Bogotá prendieron nuevamente las alarmas en el sector escénico colombiano, particularmente en el de la capital que convocó a una gran marcha pacífica en repudio por el infame hecho y como una muestra de solidaridad: el 30 de agosto de ese año numerosas organizaciones teatrales de la capital colombiana realizaron una marcha multitudinaria bajo el lema “Arte sí, amenazas no”. Este gesto y el apoyo de las autoridades locales evitaron que los miembros de los grupos amenazados tuvieran que abandonar la ciudad como lo exigían los autores del vil panfleto, que se identificaban como miembros de las paramilitares Águilas Negras.

Episodios como éste me recuerdan muchos casos de prácticas artísticas marcadas por contextos sociales y políticos de represión y permanente intimidación. Sin embargo, un narrador oral colombiano solía decir que es “mejor ser con miedo que dejar de ser por miedo”;[i] y el dramaturgo alemán Heiner Müller, que bien sabía de lo que hablaba (sufrió el régimen censor y policial de la desaparecida República Democrática Alemana en tiempos del Muro de Berlín y la Cortina de Hierro), hablaba del miedo como una fuente maravillosa de creatividad: “El miedo es algo tremendamente pedagógico. Sin miedo no habría progreso alguno, no habría cultura. Y ello sigue siendo así a pesar de toda la inflación de miedo que ahora producen los mass-media. Ese miedo también genera creatividad. Es constructivo. El miedo fuerza a hallar soluciones. Cuando uno reprime el miedo, inhibe la resistencia contra lo que da miedo”.[ii]

En cualquier caso muchos grupos teatrales, dramaturgos, escritores y otros artistas colombianos y de muchas latitudes más han tenido que adoptar una actitud consecuente -aprender a convivir con el miedo- frente a las situaciones de temor fácticas o latentes que se viven en los conflictivos contextos de un país y de un mundo contemporáneo tremendamente intimidantes. Yo sólo he querido traer a colación unos pocos casos de artistas e intelectuales que no claudicaron ante el terror.

Un malogrado dramaturgo colombiano

El sábado 29 de septiembre de 1990 José Manuel Freidel no llegó al ensayo de El padre Casafús, de Tomás Carrasquilla, obra que iba a estrenar en los próximos días con su grupo Exfanfarrria Teatro, en Medellín. Al siguiente día una noticia de la prensa local daba cuenta del asesinato con una bala de revólver de un hombre no identificado. Un hermano de Freidel fue al anfiteatro con la esperanza de que aquel N.N. no fuera su propio hermano. No fue así. La víctima era, en efecto, José Manuel Freidel: actor, director y dramaturgo nacido en 1951 y asesinado en Medellín por un desconocido el 28 de septiembre de aquel año, después de salir de un ensayo de la mencionada obra, en un momento en que la ciudad era una de las más violentas del mundo. Cuatro días antes José Manuel había cumplido 39 años.

José Manuel Freidel
Imagen: Editorial Eafit

Como suele suceder en un país amnésico como Colombia, la figura de Freidel es parte de ese gigantesco olvido en que terminan los personajes asesinados por la intolerancia luego de una conmoción nacional o local pasajera, pese a una prolífica carrera teatral, en su caso, que lo llevó a escribir cerca de cuarenta obras, a fundar una de las más importantes y persistentes agrupaciones escénicas de Medellín y el país, Exfanfarria Teatro, a dirigir decenas de montajes, además de crear, impulsar y dirigir otros grupos locales; es decir, pese a una valiosa contribución a las prácticas artísticas locales y nacionales y, con ello, a la sensibilidad de toda una sociedad. El solo hecho de que su asesinato continúe en la impunidad después de veintitrés años es una muestra del desdén estatal ante personajes y crímenes como el suyo. 

“Cuando todos hacíamos teatro de denuncia él, con una voz muy singular y propia, introduce elementos poéticos tanto en el lenguaje como en el estilo de puesta en escena. Sus obras (…) recrean situaciones dramáticas que se enmarcan en momentos que son claves para la historia de Colombia. Ese es para mí uno de sus grandes aportes, la ficción histórica, por decirlo de alguna manera, y un teatro comprometido con darle voz al dolor de la realidad”,[iii] dice la actriz Adela Donadío, que se inició en el teatro de la mano de Freidel.

Freidel no sólo teatralizó la violencia histórica colombiana (fundamentalmente la violencia partidista de comienzos y mediados del siglo veinte) sino la de su propio tiempo y, por supuesto, la que afectaba a su ciudad: vivió, y finalmente padeció en carne propia, la trágica década de los ochenta, acaso la más violenta del siglo en Medellín, de seguro con la certidumbre de que a él también le podría tocar y sin que ello lo inhibiera de seguir creando libre y valientemente pasara lo que pasara y pesara a quien le pesara. Hoy ni siquiera se conoce con certeza quién o quiénes propiciaron y ejecutaron su muerte. Sólo hay conjeturas, pero no se descarta que la paranoia terrorista de aquellos años se haya cobrado la vida de individuos como él si se atiende al hecho de que agentes armados estatales y paraestatales veían en muchos artistas escénicos, entre otros, a virtuales o reales adoctrinadores o propagandistas de la izquierda armada.

El guionista que se enfrenta al macartismo

En 1975 la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood reconoció al guionista, novelista y director Dalton Trumbo (1905-1976), incluido por el Comité de Actividades Antiestadounidenses en su fatídicamente célebre lista negra del cine, como legítimo ganador del mejor guión original de 1956 por la película El Bravo. Trumbo había sido implacablemente perseguido por el Comité, presidido desde 1952 por el senador republicano Joseph McCarthy, cuyo apellido dio lugar al término macartismo como una manera de referirse a las persecuciones políticas gubernamentales sistemáticas e ilegales que aducen traición a la patria, subversión y conspiración contra el estado por parte de determinados ciudadanos puestos bajo vigilancia y hostigamiento constante, negándoseles el principio de presunción de inocencia, el derecho a un debido proceso y con todo ello afectando seriamente su dignidad, su honra, su desarrollo personal, laboral y su libre expresión. De ese modo un gobierno siembra el terror social y se asegura el pleno control de los ciudadanos, permitiéndose toda suerte de excesos de poder a nombre de la seguridad interna. Los de McCarthy llevaron, entre otras cosas, a estigmatizar a cientos de trabajadores del cine (entre guionistas, directores, músicos, técnicos y actores) y de otros sectores, muchos de los cuales perdieron su trabajo, fueron vetados, acabaron en prisión o en el exilio; a algunos incluso se les negó un pasaporte para impedirles trabajar en el extranjero. Muchas reputaciones y vidas quedaron arruinadas. 

Lo snapshot di Dalton Trumbo in carcere. Dalton Trumbo's jail snapshot.. 1950.
Dalton Trumbo cuando fue encarcelado
Imagen: antiwarsongs.org

Enviado a prisión en 1950 tras negarse desde un principio (1947) a responder las preguntas del comité, Trumbo hacía parte de un célebre grupo de guionistas y directores conocido como Los Diez de Hollywood, acusados de militancia comunista (era suficiente con ello para ser acusado de deslealtad, subversión y traición a la patria) y que decidieron unirse para defender sus derechos al amparo de la primera enmienda de la Constitución estadounidense. No obstante, el director Edward Dmytryk, uno de sus miembros, quedó en libertad tras confesar su militancia, arrepentirse de haber pertenecido al partido comunista y delatar a 26 correligionarios. El Comité exigía la delación a cambio del indulto: fueron muchos los delatores en la industria cinematográfica, entre ellos directores de la talla de Walt Disney y Elia Kazan. Eran los primeros años de la Guerra Fría, cuya primera baja fue la libertad individual.  

En prisión Trumbo no pudo concluir el guión de El merodeador (The prowler, 1950), que fue completado por otros y dirigido por Joseph Losey, otro ilustre perseguido que marchó a Europa durante los fatales años del macartismo, filmó con seudónimos y se radicó finalmente en Inglaterra, donde realizó sus más importantes películas usando su nombre verdadero. Justamente su primera película importante en Norteamérica había sido El muchacho de los cabellos verdes (1948), metáfora del hombre estigmatizado y discriminado, muy a tono con el comienzo de lo que se dio en llamar como “cacería de brujas” del nefasto Comité de Actividades Antiestadounidenses, instituido en 1938 para luchar inicialmente contra la penetración del nazismo en el país, devenido en la postguerra en un aparato que buscaba eliminar la penetración e influencia comunista, cuyos métodos de intimidación, represión y manipulación social no se diferenciaban mucho de los empleados en la Alemania nazi. Para la muestra, cerca de 30.000 títulos fueron proscritos de bibliotecas y librerías, incluso los que hablaban de Robin Hood, mítico héroe británico visto por el Comité como un precursor del comunismo por aquello de que robaba a los ricos para repartirlo entre los pobres. El dramaturgo Arthur Miller escribiría Las Brujas de Salem como una virulenta metáfora de la moderna cacería de brujas liderada por McCarthy, representando un caso de inquisición en una colonia norteamericana del siglo diecisiete. La obra fue estrenada en 1953. 
  
Tras cumplir una condena de once meses Trumbo se exilió en México, escribiendo guiones para Hollywood con seudónimos. Paradójicamente, los dos óscares que ganó como guionista los firmó con nombres ficticios durante su exilio mexicano de cinco años. El primero -Vacaciones en Roma, firmado como Ian McLellan Hunter- lo recogió su coguionista y el segundo, por El Bravo (1956), nadie: Trumbo fue su único autor y lo firmó como Robert Rich. Hollywood tardó mucho en reivindicar esos premios. Trumbo tuvo que esperar diecinueve años para que la Academia lo reconociera oficialmente como ganador real por el guión de la segunda cinta. Y ya no vivió para ser reconocido como coautor de la primera en 1983: murió siete años antes. A fines de los cincuenta, cuando Trumbo residía nuevamente en su país y las persecuciones macartistas habían cesado (el propio McCarthy había muerto en 1957), aun se dudaba si era oportuno dar a conocer su nombre como guionista de alguna película importante, como fue el caso de Espartaco (1960), que dirigiera Stanley Kubrick. 

Póster del filme El Testaferro (The Front)
Imagen: taxi11.blogspot.com

Un homenaje a esos corajudos escritores de la pantalla es la película de 1976 The Front (en Latinoamérica, El Testaferro), protagonizada por Woody Allen, escrita por Walter Bernstein y dirigida por Martin Ritt (los dos últimos estuvieron en las listas negras macartistas). En ella Allen interpreta a un cajero de restaurante en los años cincuenta que debido a su amistad con un guionista perseguido por el Comité acepta figurar personalmente como autor de sus guiones para un show de televisión, disfrutando de los privilegios ajenos que supone ser un guionista de éxito, hasta que el Comité cae sobre sobre él y lo declara como otro comunista infiltrado en la industria del entretenimiento.

El documental Trumbo (2008), de Peter Askin, cuenta la historia de este hombre talentoso, audaz y honesto que decidió enfrentarse a un poder inquisitorial y paranoico sin arma distinta que su pluma, prefiriendo la cárcel al sometimiento y la delación, que hizo parte de grupos de resistencia civil, laboral y legal, apoyando causas justas, que desde la triste distancia del exilio, la más dolorosa de todas, siguió creando, y que finalmente retornó a su país para continuar con su labor hasta la muerte, aunque la industria cinematográfica más grande del mundo no le devolviera en vida toda la dignidad y el crédito que le correspondían. Para este año un estudio estadounidense anunció una película de ficción sobre su vida.  

Dalton Trumbo mentre scrive nella sua vasca da bagno. Dalton Trumbo writing in his bathtub.
Trumbo en sus últimos años
Imagen: antiwarsongs.org


Lo paradójico de todo esto es que mientras en Estados Unidos y otros países bajo su órbita se perseguía hasta el delirio la penetración comunista, en países como la URSS, la China o Alemania Oriental se hacía lo propio para impedir la penetración occidental. Una película como La vida de los otros (Alemania, 2006), rodada muchos años después de la caída del infame muro berlinés, muestra justamente lo doloroso que es para un artista -un dramaturgo y una actriz en este relato- vivir bajo un régimen. Es que la vida artística siempre ha sido una fuente de libertad. Y la libertad asusta.  A los defensores de las ideologías. 

(Continuará)

la_vida_de_los_otros    
Imagen: 
Entre tanto Magazine

     



[i] Edgar Ágreda, director del grupo Espantamiedos, de Pasto, Colombia.
[ii] Heiner Müller, Germania: Muerte en Berlín y otros textos, ed. y trad. Jorge Riechmann, Navarra,
Argitaletxe Hiru, 1996, p. 168.
[iii] Adela Donadío, en Semana, “Mirada a la Guerra de los Mil Días”, en http://www.semana.com/cultura/articulo/mirada-guerra-mil-dias/58049-3. 

domingo, 29 de diciembre de 2013

LITERATURA, SALSA Y CHANGÓ

                      
Andrés Caicedo. Foto: archivo Fernell Franco

 
“Silbó, tranquilamente, una canción que he venido
a identificar después: el bolero Si te contaran,[i] en
incómoda contraposición a It’s only Rock’n Roll,
que inundaba el cuarto. (…) Me sentí desubicada y
sin ganas de un Norte que pisaba por pura torpeza.
El amor de Adasa quedó en mi corazón. Eché candela
rumbo al Sur salvaje, en donde se escucha mi canción”.[ii]
 
Andrés Caicedo, fragmento de ¡Que viva la música!

Y ahora que Europa se desnuda
para tostar su carne al sol
y busca en Harlem y en La Habana
jazz y son,
lucirse negro mientras aplaude el bulevar,
y  frente a la envidia de los blancos
hablar en negro de verdad.
 
Nicolás Guillén, Pequeña oda a un negro boxeador cubano


En ¡Que viva la música!, su única novela publicada en vida y hoy ineludible en las letras colombianas, Andrés Caicedo narra en primera persona, a través de un personaje femenino, el encuentro (¿o desencuentro?) de dos culturas juveniles, dos generaciones y dos décadas (los sesenta y los setenta) en la ciudad de Cali: la del rock, personificado en la música de los Rolling Stones, y la de otro estilo que por aquellos años empezó a ser conocido como salsa, esto es, la música afrocubana que orquestas como la de Ricardo “Richie” Ray y todas las estrellas de la Fania All Stars popularizaron tanto en los barrios latinos de Estados Unidos como en Hispanoamérica en aquellos años, haciendo de ella una de las expresiones musicales y sociales más vivificantes e identitarias de la cultura iberoamericana.

Andrés Caicedo, del archivo fotográfico de Eduardo Carvajal. Exposición temporal, Museo Rayo (Roldanillo, Colombia). Foto: Jaime Flórez Meza

La joven María del Carmen Huerta, alter ego del suicida escritor caleño, relata su frenético deambular por una ciudad que, como sucediera con las grandes urbes latinoamericanas, sufrió complejos procesos de modernización e industrialización que afectaron a sus habitantes. Son en este caso los jóvenes quienes expresan ese desconcierto y buscan un constante refugio en los amigos, la música, la rumba, las sustancias psicotrópicas, el riesgo. Han perdido su norte y no les importa en lo más mínimo, al contrario: de eso trata su aventura diaria de vivir. La noche es fundamental: “Soy una fanática de la noche, soy una nochera”.[iii] Y el rock y la salsa son, en efecto, el eje de este relato, el telón de fondo de un delirante, aunque fresco y lúdico, contexto autobiográfico, social y urbano, que lleva a la protagonista a pasar de su acomodado entorno familiar y social a otro de carácter popular en el cual descubre el mundo local de la salsa que identificaba a las barriadas populares de Cali. Si bien desde este punto de vista podría hablarse de una confrontación musical y sociocultural, teniendo en cuenta, además, que los ritmos afrocubanos terminan encontrando un lugar preferencial en el relato con cuarenta canciones sólo de Ricardo Ray involucradas ante once de los Rolling Stones, sin contar las demás canciones latinas referenciadas, tanto el rock como la salsa son en la novela dos formas de expresar un inconformismo, una búsqueda de sentido e identidad, un deseo de belleza atravesado por un sentimiento de frustración (como alguien definió el rock alguna vez).

La orquesta de Ricardo Ray en sus primeros años. 
Sentados en el centro, Ricardo Ray y Bobby Cruz.
Imagen: Salsa y Descarga

Lo cierto es que una larga sección del relato se ocupa de narrar con sarcasmo, humor y pasión lo que terminó siendo la consagración en Colombia de la mítica orquesta del virtuoso pianista Ricardo Ray y su vocalista Bobby Cruz: un 26 de diciembre de hace 44 años en la Feria de Cali (habían debutado en Colombia en el marco de la misma festividad un año atrás, en la navidad de 1968). Dice Hernán Restrepo Duque: “Fue a partir del año siguiente (1969) y en la misma feria caleña, cuando definitivamente se instalaron en la admiración de los colombianos y sentaron una especie de veneración que todavía no termina”.[iv] Acaso la leyenda de Cali como capital mundial de la salsa empieza ahí. “Allí fue cuando se hizo la justificación de esta ciudad -decía Rubén, amargo-. Ricardo Ray inventó el mito”.[v] Y aunque no existe consenso alrededor de porqué y quién usó primeramente el vocablo salsa para denominar una música de origen afrocaribeño, muchos se lo atribuyen a Ray y Cruz. Desde sus inicios la orquesta mezclaba sin prejuicios ritmos como el guaguancó, la guaracha, el mambo, la pachanga y el jazz. Preguntado en una entrevista en los sesenta sobre esta fusión que identificaba el sonido de su orquesta y de otras de Nueva York, Richie Ray lo definió como una mezcla de ingredientes semejante al ketchup (salsa en inglés). Y desde entonces la palabra, según esta hipótesis, empezó a difundirse para nombrar este popular estilo musical.

Se diría que el rock and roll y la salsa son dos géneros diametralmente opuestos; sin embargo, en los sesenta eran más frecuentes los guiños y préstamos entre ambos que sus diferencias. Resultado de ese diálogo fue, por ejemplo, el boogaloo (o bugalú), especie de rythm and blues y soul latino que artistas como Ricardo Ray y muchos otros difundieron con éxito; o el rock latino de Carlos Santana, con sus fusiones de ritmos afrocubanos y rockeros. Y hasta los Rolling Stones emplearon percusiones caribeñas y un piano que suena a lo afrocuban en su canción Sympathy for the Devil. Por otra parte, la deuda con el jazz es grande y ambos estilos comparten raíces africanas. En suma, desde puntos de vista musicales y culturales, son más las coincidencias que las divergencias.   

Changó y el Olimpo yoruba cubano

En esta tierra, mulata
de africano y español
(Santa Bárbara de un lado,
del otro lado, Changó),
siempre falta algún abuelo,
cuando no sobra algún Don
y hay títulos de Castilla
con parientes en Bondó.
 
Nicolás Guillén, La canción del bongó[vi]

Durante la primera etapa de su carrera (1964-1975) Ray y Cruz le dieron una figuración importante en su música a la santería cubana, sistema de sincretismos entre deidades y creencias del pueblo yoruba (de África occidental) y figuras del santoral católico, como lo hacían también otros músicos y cantantes de raíces caribeñas. De ahí toda una suerte de divulgación mitológica santera que se atribuía a Ray y Cruz, finalmente rota cuando se convirtieron al evangelismo hacia mediados de los setenta.

Es bien sabido que los pueblos africanos traídos a América como esclavos practicaban clandestinamente sus cultos religiosos. El sincretismo fue una estrategia de sobrevivencia tanto para ellos como para los pueblos nativos de América en la medida en que se vieron forzados a buscar equivalencias en santos católicos para poder continuar con sus adoraciones. Una expresión de este fenómeno fue la santería, denominación despectiva con la cual los españoles calificaban tales prácticas en el Caribe durante el período colonial. El nombre, con todo, prevaleció y hoy es un culto libre y reconocido en Cuba, Puerto Rico, República Dominicana, Venezuela y determinadas zonas de Estados Unidos, amén de prácticas clandestinas en otros países, Colombia entre ellos. 


 
Ricardo Ray durante la primera visita de su orquesta a Cali
Foto: archivo El País (Cali)


En una canción de sus primeros años Ray y Cruz cantaban así a Changó, espíritu (orisha) de la justicia, la danza, la música, el fuego, la fuerza viril, el trueno y el rayo, cuyo equivalente católico es Santa Bárbara; y a Yemayá, deidad de la fertilidad, la maternidad, los mares, la intelectualidad, la sapiencia y, al tiempo, de la volubilidad temperamental, sincretizada en Cuba con la Virgen de Regla, y a quien se atribuye la crianza del mismo Changó:

Yaré Changó quiere bembé, yaré…
Dicen que Changó ya quiere bembé
y que se le haga alabanza
que diana e trono e
Se le canta a Yemayá
para Ochún que suene el cuero
que el bembé ya va a empezar[vii]

Se dice que Changó igualmente representa la alegría, lo vital, la belleza masculina, la pasión, la inteligencia y la riqueza y que sus padres habrían sido Obbatala, padre de todos los hombres y mujeres, y Aggayú Solá, “el que cubre el desierto con su voz”.

En ese trágico y a la vez alegre y desbordante cántico afrocubano que es Lo atara la araché, con su yoruba que es como un grito de esclavo entremezclado con un castellano urgente que Caicedo supo recoger en su novela, escuchamos:

Oiga mi socio, oiga mi cumbilá
le voy a en cama-caló
alala-lelelelé lolo-lolá
epílame pa los ancoros
como le giro este butín guaguancó
cuando mi meje era indiquití
y ya empezaba a rodar
fachitún jamercoyando
y no me pudo tirar pallá-pallá oye-ló
alalala-lololó-lololololo-lalalá
y el niche que facha rumba
aunque niñé bien su yila
cuando varan a la pira
lo atara la araché [viii]

Tal vez uno de sus mayores tributos a Changó y Yemayá está en la canción Cabo E, exaltación de un sentimiento afro caribeño, yoruba, místico y rumbero, uno de sus momentos estelares ya ausente hoy en sus presentaciones debido al mencionado cambio espiritual:

(Cabo e, cabo e, cabo e
Kabiosile O…)
La reina del guaguancó
y que ina me llama Ma' Changó
(a ina ugagá)
Que le llaman la reina del guaguancó
(a ina ugagá)
Pum catapum viva Changó
(a ina ugagá)
A ina kaí viva Changó
(a ina ugagá)
Líbranos de todo mal
(a ina ugagá)
E ina kaína nino Changó
(a ina ugagá)
Fachitún jamerco y ño ñampió
(…)
La diosa de Omelencó
Eh, mira qué rico y bajo Changó[ix]
(a ina ugagá)
Que le canto a Changó butín
guaguancó
(a ina ugagá)
Catapum catapum y viva Changó
(a ina ugagá)
Kabio que e mira Changó [x]

En Yo soy Babalú, canción del celebérrimo dúo cubano de Celina y Reutilio, celebran a Babalú Ayé, orisha de la enfermedad y las epidemias, asimilado a San Lázaro:  

Yo soy Babalú camino a Arará
y con mi trabajo la tierra temblá…
Que Babalú me dijo a mí:
Yo soy quien te está cuidando
Que Babalú me dijo a mí:
Yo sé quién te está velando
y sé quién te está tirando
pero a ti no te entra ná
Yo siempre te estoy cuidando
pa que no te pase ná
(…)
Ay que yo suelto mi perro
cojo mi muleta, me pongo mi capa
y camino pa’ llá y en cuanto yo llegue
todo se te irá, todo se te irá [xi]

Aggayú Solá aparece en la canción Agallú San Miguel, de autor anónimo, aunque este orisha tiene su equivalente en San Cristóbal. Aggayú Solá representa tanto el volcán, el magma y el interior de la tierra como las fuerzas y energías telúricas de la naturaleza y aquellas que ponen en movimiento el universo. Se lo relaciona también con los desiertos (su nombre significa literalmente “el que cubre el desierto con su voz”, como ya se dijo), las tierras secas y los ríos caudalosos.     

Agallú Solá préstame tu espada
tu espada bendita que quiero vencer
vencer a mis enemigos
que por envidia o deseo
ay que ayúdame san Miguel,
ayúdame san Mateo
(…)
El chivo vere mio ni gua gua
a cuara Cuba camá…
Soro elegüe mi soro e o qué…
Dame la Osha má coró…
(…)
Ayeleé e que ayino tá
sa mi fora muna kuá…
(…)
Ayagita com Ochún… 
(…)
Mai, mai, soroso ahé
Que Agallú soroso…
Y dale la osha má coró…
Ayagita con los pies… [xii]

La literatura y la música han hecho, pues, brillar de diversas maneras (estas son apenas dos) ese Olimpo de divinidades y espíritus de piel oscura que han puesto a bailar, vivir, gozar y celebrar a millones de seres en el mundo. “Tú enrúmbate y después derrúmbate. Échale de todo a la olla que producirá la salsa de tu confusión. Ahora me voy, dejando un reguero de tinta sobre este manuscrito. Hay fuego en el 23”.[xiii]



[i] Famoso bolero de Félix Reyna interpretado por muchos artistas, entre ellos Ricardo Ray y Boby Cruz en su primer álbum.
[ii] Andrés Caicedo, Que viva la música, Bogotá, Plaza y Janés, 2ª. Ed., 1987, p. 85-105.
[iii] Ibíd., p. 25.
[iv] Hernán Restrepo Duque, notas al disco Grandes éxitos de Ricardo Ray y Bobby Cruz, Discos Fuentes, 1991.
[v] Andrés Caicedo, op. cit., p. 129.
[vi] Nicolás Guillén, Sóngoro Cosongo y otros poemas, Madrid, Alianza Editorial, 1981, p. 14.
[vii] “Yaré Changó”, composición de Ray y Cruz, álbum On the loose (Se soltó), Tico, 1966.
[viii] “Lo atara la araché”, composición de H. Gonzalez, álbum Jala Jala y Boogaloo, Alegre Records, 1967.
[ix] Andrés Caicedo usa este verso como primer epígrafe en su novela.
[x] “Cabo E”, composición de H. Gonzalez, en el álbum Jala Jala y Boogaloo, Alegre Records, 1967.
[xi] “Yo soy Babalú”, composición de Celina y Reutilio, álbum Los Durísimos, Alegre Records, 1968.
[xii] “Agallú San Miguel”, anónimo, en el mismo álbum.
[xiii] Andrés Caicedo, op. cit., p. 190.

domingo, 8 de diciembre de 2013

33 AÑOS SIN JOHN LENNON

 
Lennon firmando un autógrafo a su victimario la noche de su asesinato. Foto: Paul Goresh

Dirás que soy un soñador
Pero no soy el único
Espero que algún día te nos unas
Y el mundo será uno solo
 
John Lennon – Imagine


En noviembre pasado el mundo conmemoró los 50 años del asesinato del presidente Kennedy, ocasión que sirvió para revisar su gobierno, su legado y las circunstancias que rodearon su muerte. Al final seguimos sin saber a ciencia cierta si Lee Harvey Oswald fue el asesino, o el único asesino, y exactamente quiénes estuvieron detrás del magnicidio de ese 22 de noviembre de 1963. Setenta y siete días después de ocurrido éste arribaron a Nueva York, al aeropuerto que había sido rebautizado con el nombre del asesinado presidente, cuatro jóvenes ingleses conocidos como The Beatles, en su primera visita a los EE.UU. Eran los invitados estelares de un programa televisivo de música pop, El Show de Ed Sullivan, que suponía la consagración para cualquier cantante o banda. Los Beatles debutaron la noche del 9 de febrero de 1964 ante unos Estados Unidos que aun no se reponían por la muerte de Kennedy. Se estima que alrededor de ochenta millones de personas vieron aquella histórica presentación, la mayor audiencia registrada en televisión hasta entonces. Fue como la catarsis que los estadounidenses esperaban, el comienzo oficial de la Beatlemanía en Norteamérica y de la llamada invasión británica de bandas de rock and roll. No habría imaginado John Lennon aquella inolvidable noche neoyorkina que algún día terminaría viviendo en esa ciudad; y muriendo en ella también, de una manera similar a la de John F. Kennedy: cerca de su esposa y a balazos.

La fría noche del 8 de diciembre de 1980 Lennon, de 40 años, fue acribillado por un admirador suyo, Mark David Chapman, que horas antes le había solicitado que estampara su autógrafo sobre la carátula de su último disco, Double Fantasy, a la entrada del edificio Dakota, donde vivía con su esposa Yoko Ono y su pequeño hijo Sean. Once años atrás Lennon había dicho, refiriéndose a su controversial campaña internacional por la paz que realizaba con Ono, por la cual se dijo que la pareja se asemejaba más a un par de comediantes que a unos serios pacifistas, lo siguiente: “Laurel y Hardy, así nos ven a John y a Yoko. Y siendo eso, nuestras probabilidades son mejores, porque a toda la gente que la toman en serio, como Martin Luther King, Kennedy y Gandhi, le pegan un tiro”.[1] Lennon ciertamente se equivocó, porque a él también lo tomarían en serio. Desde que llegó a Nueva York en 1971, con intenciones de quedarse, las autoridades lo tuvieron en la mira. La administración Nixon, que buscaba reelegirse el año siguiente, siempre vio a Lennon como una persona non grata debido a su conocida y radical oposición a la guerra de Vietnam, que Nixon había recrudecido, y a la guerra en general, y a su apoyo a líderes sociales como Abbie Hoffmann, Jack Rubin, John Sinclair (cuya liberación fue presionada por Lennon en un concierto en el que participó junto a otros músicos) y Bobby Seale, fundador de las Panteras Negras. Nixon, al parecer, creía que Lennon podía influir en el voto de millones de jóvenes estadounidenses en su contra en las elecciones de 1972 (era la primera vez que jóvenes entre los 18 y 21 años podrían votar en los EE.UU). Así es que la batalla para deportarlo pronto se inició. Y el ex Beatle contraatacó con una batalla legal y mediática que duraría cinco años, mientras era constantemente espiado y sus llamadas interceptadas. Se sabe que el FBI tenía un largo expediente sobre su caso. 

Nixon fue reelegido finalmente, pero su gobierno pronto se vio ensombrecido por el escándalo Watergate. Y Lennon era visto como un personaje con capacidad de aumentar la desestabilización del gobierno. La renuncia de Nixon en 1974 disminuyó la presión sobre el polémico ex Beatle . Tras cuatro años infructuosos por lograr su deportación, el gobierno de Gerald Ford, sucesor de Nixon, permitió que Lennon recibiera la Green Card, la tarjeta de residencia permanente, en 1976.

Los años de Jimmy Carter en la Casa Blanca (1977-1980) fueron un periodo de tranquilidad para los Lennon. Pero, ante todo, John se había retirado de la industria discográfica y estaba completamente dedicado a su familia. Su hijo Sean había nacido en 1975 y no quería repetir con él la experiencia de su primer hijo, Julian, que tuvo con su primera esposa, la del hijo de un famoso padre ausente. En 1980 John y Yoko volvieron a los estudios de grabación para trabajar en un nuevo álbum después de cinco años. Entretanto, Mark David Chapman, de 25 años, ya había tomado la decisión de asesinar a Lennon. ¿Por qué un admirador de los Beatles quería asesinar precisamente a John Lennon? La versión oficial dice más o menos que Chapman era un fanático perturbado que quería ajusticiar a Lennon por haberse traicionado a sí mismo y al mundo con sus erráticas y contradictorias acciones y su vida de multimillonario. La leyenda dice que detrás del asesinato hubo una conspiración: ¿crimen político?; que era parte de una contraofensiva conservadora, la que llevó a Ronald Reagan al poder; que Lennon no se iba a quedar callado ante otro gobierno reaccionario (en noviembre de 1980 Carter perdió la reelección ante Reagan); que Chapman fue programado o adiestrado por un organismo de inteligencia para matar a Lennon. Lo cierto es que hasta ahora, por más que Chapman haya declarado haber actuado solo, que escuchaba una voz interior ordenándole el asesinato -y cosas de ese tipo-, que siga purgando una condena que podría ser perpetua, uno se pregunta si el caso Lennon, como el de los Kennedy (John y Bobby) y el de tantos otros, realmente está cerrado. Y si en caso de no estarlo, algún día sabremos la verdad.

Por ahora prefiero pensar que otro mundo todavía es posible, como ese que soñó Lennon en Imagine. Que, claro, empieza con uno mismo. Que Lennon sí tenía mucho, y afortunadamente, de Laurel y Hardy. Que su pacifismo era tan serio como el de los hermanos Marx, esos grandes cómicos del cine. Y tan cercano al de Gandhi, Luther King y Mandela, que acaba de morir. Porque la utopía no ha muerto. Y Lennon imaginó, en sus años de enfrentamiento con el establishment, un país que llamó Nuthopia: sin fronteras, sin pasaportes, sólo con gente. ¿Será tomado en serio este sueño algún día?    
                   




[1] John Lennon, citado por Héctor Sánchez, en http://www.efeeme.com/la-cara-oculta-del-rock-john-lennon-un-peligro-para-los-estados-unidos.