Mostrando entradas con la etiqueta Luis Ospina. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Luis Ospina. Mostrar todas las entradas

lunes, 11 de noviembre de 2019

“DEJARSE FILMAR ES EL ACTO MÁS NOBLE QUE PUEDE REALIZAR UNA PERSONA”: LUIS OSPINA


Foto: Jaime Flórez Meza


Por JAIME FLÓREZ MEZA

El pasado 27 de septiembre el cineasta caleño Luis Ospina murió en Bogotá a los 70 años, como consecuencia de una “larga batalla contra el cáncer”, como se dice ahora en los medios masivos de comunicación. Ospina fue, en mi opinión, el cineasta colombiano más importante de las últimas décadas. En el cine fue de todo: guionista, director, cine-clubista, productor, montajista, crítico, docente, director de un festival (el Festival Internacional de Cine de Cali), actor esporádico… Desde hace muchos años soy un seguidor y admirador de su vida y obra. Siempre me pareció que ver su obra es tan fascinante como oírlo o leerlo en las numerosas entrevistas y charlas que dio en vida. A manera de homenaje personal a un artista cuya personalidad era también encantadora, he construido esta entrevista imaginaria a partir de mis recuerdos, visiones, sentimientos e ideas de lo que dijo, vivió y plasmó en imágenes el último sobreviviente mítico del Grupo de Cali.

Para empezar a hablar de cómo empezó a configurarse ese triunvirato, como alguien lo llamó una vez, que fue el Grupo de Cali (Mayolo, Caicedo y Ospina), y parodiando el título de su penúltimo trabajo (Todo comenzó por el fin), se podría decir que esta aventura cinematográfica y amistosa, que es el tema de este documental, comenzó a raíz de la llamada Explosión de Cali de 1956, que le puso fin de una manera trágica a una parte urbana de la ciudad y supuso el inicio de su amistad con Carlos Mayolo.
En ese sentido creo que sí porque yo a Mayolo lo conocí en ese momento: como nuestra casa quedó destruida nos fuimos a vivir a casa de mi abuela en el barrio Centenario, y al frente de esa casa vivía la familia de Mayolo. Yo tenía 7 años, él 11, y fue en medio de esos avatares que nos hicimos amigos. Entonces sí, por una parte fue el final doloroso de una ciudad que quedó semi destruida, y por otra el comienzo de mi amistad con Mayolo, que luego se afianzaría con nuestra temprana afición al cine. Yo no diría que ahí nació el Grupo de Cali porque a Andrés Caicedo yo lo conocí recién en 1971. Pero mientras yo estudiaba cine en la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), Mayolo y Caicedo se hicieron amigos. Cuando yo volví en el 71 por vacaciones conocí a Andrés en el Cine Club de Cali, que él dirigía. Estaba presentando Ocho y Medio, de Fellini, una película que marcó nuestras vidas, que es una reflexión maravillosa sobre el cine. Mayolo y yo habíamos hecho Oiga vea, sobre los Sextos Juegos Panamericanos que se hicieron en Cali ese año, y después Mayolo y Andrés filmaron Angelita y Miguel Ángel, con guion de Andrés. Ambos la dirigieron pero nunca la terminaron. Así surgió el Grupo de Cali, por eso yo lo sitúo en 1971, un año muy importante para Colombia, no solo por los Panamericanos sino por otras cosas de las que podemos hablar después.

Claro. Volviendo a la Explosión de Cali, ¿qué puede haber de cierto en que no fue un accidente sino un atentado planeado por el régimen de Rojas Pinilla?
Pues no sé, es una hipótesis. Lo cierto es que la ciudad era una de las más reacias al régimen porque allá se dieron las mayores protestas en su contra. La explosión ocurrió precisamente el 7 de agosto, a la madrugada, y en menos de un año cayó el régimen de Rojas Pinilla. Hablando de finales ese fue otro. Ahí terminó un período importante de la historia de Colombia. Así que los comienzos de mi amistad con Mayolo y el cine estuvieron marcados por estos finales.

Decía que 1971 fue un año muy importante también para Colombia.
Yo siempre he pensado que ese fue el año que Mayo del 68 llegó por fin al país. Cuando ocurrió el mayo francés yo estaba en Boston graduándome como bachiller y luego fui a California a matricularme en la Universidad del Sur de California (USC) para estudiar cine. Claro que yo no les dije eso a mis padres para no contrariarlos, sino que iba a estudiar arquitectura. Y estuve un solo día en arquitectura y me cambié a cine. Pero no me gustó el elitismo de la USC y me fui al año siguiente a la UCLA, cuyo ambiente revolucionario me atrajo desde un comienzo: eran los años del hippismo, de la contracultura, de protestas durísimas contra la guerra de Vietnam y el gobierno de Nixon, contra el capitalismo. Y creo que todo esto todavía no estallaba en Colombia. Pero 1971 fue distinto porque hubo revueltas estudiantiles, en Cali y otras ciudades, tal vez las más radicales e importantes en la historia del país, marchas obreras, mucho activismo social. Y en el campo del arte también ocurrían cosas importantes, ¿no? En la plástica, en el teatro, en el cine, aunque en ese entonces éramos pocos los que hacíamos cine en el país. En Cali, por ejemplo, surgió Ciudad Solar, que era una especie de comuna hippie en la que vivían varios artistas: fotógrafos, artistas plásticos, cinéfilos, y ahí estábamos nosotros. Era un sitio de encuentro de la vanguardia caleña, por así decirlo.
     Acto de fe. Foto de rodaje. Primer corto de Ospina como estudiante de cine
Foto: archivo luisospina.com
 
Creo que fue el año que Gonzalo Arango liquidó el nadaísmo.
Pero en Cali había una célula nadaísta importante: Jotamario, Elmo Valencia y los que fueron expulsados de Medellín. En fin, yo por mi parte regresé después a Los Ángeles para montar Oiga vea. Ese fue un año crucial para nosotros, se definieron nuestras vidas para siempre.

Oiga vea fue el primer trabajo de la dupla Ospina-Mayolo, pero los tres nunca realizaron una película juntos, ¿a qué se debió?
Cuando ellos hicieron Angelita y Miguel Ángel yo estaba en Los Ángeles, terminando mis estudios de cine. Cuando Mayolo y yo hicimos Cali: de película en 1973, creo que Andrés estaba todavía en EE UU, adonde había viajado con el objetivo de vender unos guiones suyos en Hollywood. Él se quedó una temporada allá, vivió en Houston, en casa de su hermana Rosario, y en Los Ángeles. Realmente nunca pudimos coincidir en un proyecto cinematográfico con él. En el 75 Mayolo y yo hicimos otro corto, que fue nuestro primer trabajo argumental, Asunción, pero la rodamos en Bogotá. Y cuando empezamos con el proyecto de Agarrando pueblo, en el 77, Andrés ya estaba muerto. Yo creo que a él le faltaba tiempo para hacer cosas; escribía y leía todo el tiempo, estaba al frente del cine club, dirigía la revista Ojo al cine… Y nosotros colaborábamos en esos proyectos. Faltó tiempo, la muerte prematura de Andrés acabó para siempre con esa posibilidad.

¿Hasta qué punto ha influenciado Andrés Caicedo su obra?
Pues yo creo que en ciertas ideas e intereses, no tanto en una estética. Por ejemplo, en lo que Mayolo llamó después el gótico tropical, que era un elemento común de largometrajes como Pura sangre, Carne de tu carne y La mansión de Araucaíma. Sin embargo, a mí me parece que eso es más un concepto que una estética. La simpatía por lo marginal también, aunque creo que esto es más una coincidencia que una influencia. Compartíamos ciertos gustos como el cine negro, las películas de serie B, el cine de autor estadounidense y europeo… Su sentido del humor, negro, delirante, ingenioso; su interés, que es casi una obsesión, por la ciudad, por lo urbano. La muerte, una fijación con la muerte, lo que lo llevó a poner fin a su propia vida. Es decir, no solamente elementos literarios sino de su propia personalidad. Porque Andrés mismo era una obra de arte.

Si Andrés fuera un personaje de alguna de sus películas, ¿quién sería?
Fue personaje en dos de ellas: Andrés Caicedo: unos pocos buenos amigos (1986) y, por supuesto, en Todo comenzó por el fin (2015). Claro, como él mismo. En las de ficción que hice no se me ocurre quién tenga que ver más con él.

¿Dónde estaba el día que Andrés se suicidó?
En Cartagena, con mi compañera de entonces, Karen Lamassonne (artista plástica colombo-estadounidense). Vimos la noticia en un diario.

Pareciera que ni la escritura lo pudo mantener vivo, ¿no? Ni la publicación de Que viva la música, que él recibió el día que se mató. ¿Cree que él temía llegar a ser un escritor reconocido?
Siempre he pensado que Andrés no quería dejar de ser joven y bello. Él no nació para vivir mucho tiempo, eso lo tenía claro. Como también tenía claro que, no obstante, había que dejar obra. Y la que él dejó era más abundante de lo que suponíamos. Yo no me lo imagino presentando sus novelas, respondiendo las preguntas de los periodistas, dando entrevistas, conferencias, viviendo una vida como la mía (risas). Andrés solo dio una entrevista, a Juan Gustavo Cobo Borda, semanas antes de su muerte, cuando se iba a publicar Que viva la música. La entrevista salió al aire después de su muerte. Se pueden ver tres minutos en YouTube.

¿Temía ser una figura pública? ¿Prefería el anonimato? Perdone que insista en ello.
No quería vivir más de veinticinco años. Él bromeaba con eso pero también lo escribió en Que viva la música. Por lo demás, ser una figura pública es una cosa muy jodida, pero cuando uno hace cine no queda más remedio. Guardando las debidas proporciones, creo que a Andrés le pasaba un poco lo que a jóvenes artistas como Rimbaud o James Dean: no les interesaba el estrellato, para decirlo de una manera superficial. No querían ni podían llevar una vida de adultos, con todo lo que eso implica a nivel de compromisos sociales, económicos y profesionales. Andrés siempre fue un outsider, un marginal de las letras, el teatro y el cine, aunque sí alcanzó a gozar de cierto prestigio como crítico.

Y como cine-clubista.
Pues yo creo que el Cine Club de Cali fue un modelo para muchos cine-clubes que se crearon en Colombia. A nosotros nos influenció mucho la Nouvelle Vague (Nueva Ola francesa): sus miembros tenían cine-club, empezaron como críticos, tenían una revista, Cahiers du cinema, hicieron del ver, leer y escribir sobre cine su mejor escuela.

Ustedes se resistieron a ciertos usos sociales, como casarse y tener hijos.
Sí, lo de llevar vidas normales nunca fue un rasgo nuestro; por el contrario, los excesos de todo tipo y vivir a contracorriente eran la norma. Al fin y al cabo, los tres éramos hijos de Mayo del 68, una generación que puso patas arriba todo.

Cuando se habla del Grupo de Cali o de Caliwood, esa expresión que se inventaron ustedes mismos, se hace referencia primordialmente a Caicedo, Mayolo y usted, pero también estaban otros personajes como Ramiro Arbeláez, Eduardo Carvajal e incluso Sandro Romero Rey, uno de los principales divulgadores, al lado suyo, de la obra de Caicedo.
Lo que pasa es que los tres somos como los más conocidos. Pero es verdad, además de esos nombres estaban Hernando Guerrero, Patricia Restrepo, que fue compañera de Mayolo y después novia de Andrés, Karen Lamassonne, Carlos Palau, Óscar Campo y muchos más. Sandro Romero llegó después, cuando Andrés ya había muerto. En el Grupo de Cali hay dos etapas: una del 71 al 77, cuando muere Andrés y nosotros hacemos Agarrando pueblo, nuestro último trabajo en codirección; la segunda, del 78 al 86 cuando yo me voy a vivir un tiempo en París y dirijo Pura sangre, con Mayolo como actor, y él dirige Carne de tu carne y La mansión de Araucaíma, ambas montadas por mí. En el 86 yo realizo el documental sobre Andrés Caicedo, donde reúno a toda la gente del Grupo de Cali para hacer memoria de Andrés. Después de eso cada cual hace sus propios proyectos. Mayolo empezó a hacer televisión en el 89 y no volvió a dirigir cine. Durante este tiempo con Sandro Romero empezamos a editar la obra literaria y de crítica cinematográfica de Andrés: Destinitos fatales (1984) y Ojo al cine (1999).

Andrés Caicedo y el Grupo de Cali se volvieron un mito. ¿Qué tanto tuvieron que ver ustedes mismos en la construcción de ese mito?
Fue algo que también lo hicieron los medios de comunicación, las editoriales y los mismos espectadores de nuestras películas y los lectores de Caicedo. Hace varios años, por ejemplo, se hizo una telenovela en la que Mayolo, Caicedo y yo éramos personajes. Para mí fue muy gracioso verme convertido en personaje de telenovela sin que nadie me lo preguntara ni me lo contara antes. Incluso una vez me trajeron una billetera en la que se había tallado mi efigie y esa vez dije no, esto ya se salió de madre, tengo que hacer algo, nos han vuelto hasta billeteras. Y fue por ese tipo de cosas que decidí yo mismo contar nuestra historia en Todo comenzó por el fin. Pero volviendo más atrás en el tiempo, fue con Que viva la música que el país empezó a descubrir que había un escritor caleño llamado Andrés Caicedo que en cuestión de doce años escribió toda su obra y se suicidó a los 25 años. Esa novela se ha vuelto un clásico de la literatura colombiana. Y nosotros contribuimos con Destinitos fatales y el documental sobre Andrés al boom literario y cultural que empezó a darse en torno a su figura, que encarna como ese mito romántico del escritor joven y bello que se suicida. Y tenía relación con la del rockero que se autodestruía a corto plazo, como Morrison, Hendrix, Joplin o Brian Jones. Eso no lo teníamos en Colombia. Lo de Caliwood fue una broma que hicimos una vez en una rumba, que si se hablaba de Bollywood (por Bombay, la meca del cine en India) también tendría que hablarse de Caliwood. El comentario se regó y muchos se lo tomaron en serio. De todos modos Cali sí era un semillero de gente de cine, y lo sigue siendo, pero las condiciones en que se hacía cine eran muy precarias y eso pasaba en todas las ciudades donde se intentaba hacer. Eso mejoró un poco con Focine. El problema es que uno quedaba tan endeudado que no tenía cómo hacer la siguiente producción. Uno trabajaba para pagar la deuda contraída con el Estado.

¿Considera que ahora sí existe una industria cinematográfica en Colombia?
Pues yo creo que a pesar de todo lo que se ha avanzado gracias a la Ley de Cine y al Fondo para el Desarrollo Cinematográfico (FDC), lo que permite que cada año se estrenen docenas de películas colombianas, muchas en régimen de coproducción con otros países, aún faltan ciertas cosas para consolidar una industria. Ahora hay muchas escuelas y programas académicos de cine, laboratorios, empresas de edición y montaje, de alquiler de equipos, todo lo cual también es importante para la creación de una industria; pero aún hay una dependencia de la televisión, tanto en infraestructura como en contenidos, seguramente porque ésta sí se planteó y organizó como una industria, mucho antes de que aparecieran los canales privados. Tenemos una tradición televisiva muy fuerte y esto ha hecho que el cine funcione más como un apéndice de la televisión. Otras de las falencias siguen siendo la difusión, la distribución y la exhibición: aumentó la oferta pero no necesariamente la demanda, entre otras cosas porque las producciones nacionales no siempre son suficientemente promocionadas o son mucho menos publicitadas que las de Hollywood y, en consecuencia, tienen una distribución y exhibición mucho menor. En general creo que el cine colombiano no se promueve de la misma forma, salvo casos excepcionales como las películas de Dago García o una como El abrazo de la serpiente, secundada por la nominación al Oscar. Creo que la tarea de difundir el cine nacional no tiene que recaer solamente en Señal Colombia y en los numerosos festivales de cine que hoy hay en Colombia, y en las revistas especializadas. Pero más importante que eso me parece que es aprender a contar sus propias historias, sin que la televisión sea el modelo. Ahora bien, yo creo que en una industria nacional de cine tiene que caber tanto lo comercial como lo no comercial o cultural en condiciones de equidad frente a lo que viene de afuera. Tanto lo uno como lo otro tiene sus propios mecanismos, circuitos y públicos. Creo que ahí también se necesita descentralizar más la promoción y distribución, hay películas que solo se exhiben en Bogotá o en las principales ciudades, y el resto del país tiene que esperar a que buenamente Señal Colombia las programe, o si una ciudad de provincia cuenta con un festival, a que éste las presente. Y aún en Bogotá, cuando una película tiene la suerte de ser exhibida en un circuito comercial, suele pasar que solo es programada unos pocos días y sale de cartelera, a veces un día y no más. Entonces, no se puede sacrificar así las producciones. Se habla mucho de competitividad, de economía naranja (que nadie sabe bien qué es), pero no se les dan las mismas oportunidades a todos los creadores, en este caso cinematográficos.

Agarrando pueblo marcó un punto de inflexión en su trayectoria, en la del Grupo de Cali y en la historia del cine en Colombia. ¿Comparte este punto de vista?
Creo que no soy el más indicado para decir si fue una ruptura o no en el cine colombiano. Lo que pasa es que en mis documentales siempre he seguido la línea del documental-ensayo y la del documental como relato. Pero Agarrando pueblo, que iba a ser un documental que incluía tres pequeños argumentales, terminó siendo un solo argumental. Lo único estrictamente documental que tiene es su breve epílogo con la entrevista que Mayolo y yo le hacemos a Luis Alfonso Londoño, el personaje central, el que se tira la escena de la falsa familia empobrecida. Eso sí era algo inédito en Colombia: hacer un argumental sobre cómo se hacía uno de esos documentales de la miseria; fue novedoso, transgresor en ese momento. Nos criticaron mucho, así como nos elogiaron. Mucha gente lo tomaba como un falso documental y creo que hasta el día de hoy muchos lo hacen, ¿no? Porque nos veían más como documentalistas. Agarrando pueblo estuvo precedido por otro cortometraje argumental, Asunción (1975), sobre la emancipación de una empleada doméstica de sus patrones. Y esa idea de rebeldía popular, tan en boga por esos años, la incorporamos nuevamente. Creo que es un trabajo en el que las ideas revolucionarias de Mayolo -que era militante del Partido Comunista Colombiano- y las mías se juntaron de una manera crítica y cínica. Y me parece que fue la mejor forma de cerrar el ciclo que iniciamos con Oiga vea.
Alfonso Londoño en Agarrando puebloFoto: Eduardo Carvajal - Archivo luisospina.com    

 
¿Pero sí era necesaria esa mini entrevista con Luis Alfonso Londoño? Me parece que sobra; podía terminar perfectamente con la escena anterior cuando el propio Londoño grita ¡corte! y dice “¿estuvo bien?”.
Del proyecto original quisimos conservar el epílogo. En un comienzo todo el proyecto se planteó de una manera mucho más política y dialéctica y se titulaba El corazón del cine, que alude a un texto de Maiakovski: tenía un prólogo, cuatro partes 
un epílogo, de todo lo cual quedó solo la segunda parte, que era Agarrando pueblo, y el epílogo, que se redujo al testimonio de Londoño, su punto de vista de lo que habíamos hecho y lo que significaba todo eso en su barrio. En ese momento nos pareció que eso era lo indicado. Mayolo y yo hasta peleamos porque en el montaje, que lo había hecho yo en París, él quería agregarle un texto de Maiakovski y yo no estuve de acuerdo.  

Agarrando pueblo es, por otro lado, una reflexión sobre el cine mismo, sobre el cómo guionistas, productores y directores manipulan la realidad…
Yo creo que por eso la entrevista con Londoño como epílogo era necesaria, porque sirve para redondear esa idea de la manipulación a través de una cámara, de cómo la perciben los que están siendo manipulados por ella, reflexionar un poco sobre la relación ética entre filmadores y filmados: siempre he dicho que dejarse filmar es el acto más noble que puede realizar una persona. Entonces, Londoño en ese momento estaba hablando un poco por esas personas que aceptan ser filmadas. Además, él es la voz crítica, el que dice las cosas que luego Mayolo y yo elaboramos y desarrollamos en el manifiesto de la “porno-miseria”. Pero yo no creo que exista una realidad, en un comienzo pensaba que sí y que una cámara lo que hacía era registrarla. Para mí eso es algo que se inventa de mil maneras y el cine es una de ellas.       

¿A qué atribuye que esta película siga tan vigente? ¿Quizás a que la “porno-miseria” que ustedes denunciaban se haya extendido tanto y a otros medios como la televisión, la prensa y las redes sociales?
Es uno de nuestros trabajos más vistos, comentados y debatidos. Creo que durante un tiempo permaneció olvidado, pero de un tiempo para acá, digamos que en los últimos veinte años, se ha visto, discutido, analizado y escrito mucho sobre él, tanto aquí como en otros países: en escuelas de cine, cine-clubes, universidades, centros culturales, incluso en museos. Mayolo y yo queríamos concentrar nuestra crítica en un cine documental que se hacía mucho en el Tercer Mundo, concretamente en Colombia con muchos cortos financiados por la política estatal del sobreprecio a las entradas, y que nosotros llamábamos miserabilista, encaminado a registrar la pobreza de estos países para venderla en Europa como si fuera una mercancía. Nos pareció que esa era una forma de pornografía y la llamamos “porno-miseria”, retomando una expresión que se usaba en Brasil, la “porno-chanchada”. Es probable que la gente encuentre ahora que hay mucho miserabilismo en los noticieros de televisión y las redes sociales, así como a fines de los setenta se podía encontrar en la prensa amarillista. Pero el problema sigue siendo, al menos para mí, la deshonestidad de productores y realizadores que hablan a nombre de la pobreza y se benefician de ella.

¿Cuál es el lugar de filmografías como la de Víctor Gaviria en este contexto?
En primer lugar estamos ahí ante un cine de autor. Lo que hace Víctor Gaviria es único en Colombia, es el principal referente de lo que podríamos llamar un neorrealismo colombiano. Lo que pasa es que su trabajo no ha sido muy comprendido en el país. Sus películas pueden resultar chocantes porque muestran una descomposición social marcada por la violencia, el narcotráfico y la exclusión; muestra cómo unos seres padecen las secuelas de esa descomposición, y eso es algo que molesta en una sociedad muy inequitativa y conservadora como la nuestra. Incluso puede molestar a los que se dicen progresistas o a los de la vieja izquierda, que acaso no vean en sus películas un compromiso político y esas cosas. Gaviria investiga mucho, tarda muchos años para hacer una película, de hecho en treinta años ha realizado cuatro; además, es un director que maneja muy bien esa relación ética de la que hablé, sabe buscar a sus actores, realiza castings muy rigurosos, trabaja de una manera muy cuidadosa con ellos, ensaya mucho, trabaja la psicología de los personajes. Que indaga de alguna forma sobre la miseria de los barrios pobres de Medellín y sus gentes (que por lo demás pueden ser los de cualquier otra urbe latinoamericana), sí, pero su cine nunca ha sido miserabilista. Además, no todos sus personajes son pobres ni de los bajos fondos: en Sumas y restas el protagonista es un hombre de una clase pudiente y otros personajes son de su misma condición social. Ahora, una cosa es analizar y recrear esa miseria, contextualizarla, y otra volverla una mercancía. Pero hay que tener cuidado con el manejo del término porque nosotros nos referíamos específicamente al uso mercantilista que se le da a la pobreza en el cine documental.  

Víctor Gaviria se ha caracterizado por trabajar con personas que no son actores, logrando resultados sorprendentes. Eso se podría considerar una biopolítica del otro, una opción que muchos artistas tomaron en el teatro, las artes plásticas, la fotografía, la literatura y, por supuesto, el cine. En el Grupo de Cali fueron pioneros de ello en Colombia, concretamente con Agarrando pueblo, ¿no?
El personaje más importante de la película, que es Luis Alfonso Londoño, no era actor, él era un zapatero. A él lo conocimos en el rodaje de Oiga vea en el barrio El Guabal de Cali, que era un barrio de invasión. La escena de la pillada en Agarrando pueblo es anecdótica porque viene de aquél primer encuentro: estábamos filmando en El Guabal y Londoño apareció por ahí y nos dijo “¡ajá, con que agarrando pueblo!”. Y nos dijo que muchos gringos venían con cámaras a hacer lo mismo y que no sabía para qué. Le explicamos lo que estábamos haciendo y lo incluimos en el documental. Seis años después lo buscamos para hacer Agarrando pueblo. Después, como documentalista, siempre busqué dejar hablar a las personas, seguirlas en sus vidas y quehaceres, y este tipo de ciudadanos marginados y excluidos siempre me ha interesado. Aunque, claro, también me he ocupado de otros: un pintor como Lorenzo Jaramillo (Nuestra película), un músico como Antonio María Valencia (Música en cámara), un fotógrafo como Eduardo “La Rata” Carvajal (Fotofijaciones) o un escritor como Fernando Vallejo (La desazón suprema). Y que sean ellos mismos u otros los narradores, pero no yo.

                                                   Fernando Vallejo en La desazón suprema                                                           Foto: luisospina.com

¿Qué pasa cuando quien se deja filmar es una persona que se está muriendo, como el pintor Lorenzo Jaramillo?
Jean Cocteau decía que el cine es ver a la muerte trabajando. Yo tuve plena conciencia de eso cuando grababa a Lorenzo. Y después, durante el largo proceso de edición, cuando ya estaba muerto. La idea de hacer el documental fue de su hermana Rosario, ella se lo comentó y él estuvo de acuerdo porque algo así quería hacer antes de dar su último suspiro. Yo lo conocí en París, cuando él vivía allá, y desde un comienzo descubrí que era un gran cinéfilo. Cuando enfermó de sida volvió a Colombia y fue profesor en la Universidad de los Andes. Una vez me pidió que le prestara Andrés Caicedo: unos pocos buenos amigos, para mostrársela a sus alumnos. Así que ya había una relación amistosa entre nosotros. Me llamaron, yo vivía en Cali, viajé a Bogotá, hablamos sobre lo que él quería y cómo se imaginaba el documental, pero cuando empezamos a grabar él ya había perdido la vista. Por eso el documental empieza por ahí y continúa con los demás sentidos. Fue una experiencia muy íntima, una conversación entre amigos. Y muy dolorosa también, pero Lorenzo lo que menos quería es que se le tuviera lástima. Él tenía un gran sentido del humor y creo que eso se alcanza a percibir en el documental que él quería que no pareciera documental. Ahora que lo pienso, él quería agradecer a la vida, como Violeta Parra, sentido a sentido.

¿Qué pasó con Luis Alfonso Londoño después de Agarrando pueblo?
Murió en noviembre de 1979, de hidropesía. Yo, en nombre de la película, pagué todo el funeral. Él la vio ese año cuando se presentó en Cali. La película nunca se estrenó en salas de cine del país sino en cinematecas.

Ha dicho muchas veces que el cine de autor estadounidense murió hacia 1977 con películas como La guerra de las galaxias. Sin embargo, directores como Scorsese, Ford Coppola, Altman o David Lynch siguieron cultivando un cine de autor.
Sí, pero la época de oro del cine de autor acabó por esos años porque los grandes estudios empezaron a apostarle a las súper producciones de catástrofes, ciencia ficción, monstruos, etcétera, después de que las películas de los maestros del cine habían gozado de su apoyo y del de los distribuidores, y eran exhibidas en salas comerciales. Por otra parte, empezaron a morirse grandes directores estadounidenses y europeos: Ford, Hawks, Nicholas Ray, De Sica, Visconti, Pasolini, Rossellini… Y otros como Hitchcock y Buñuel dejaron de filmar, y otros más como Bergman, Kubrick, Antonioni y Kurosawa cada vez filmaban menos. Desde entonces el cine de autor es una rareza o algo del pasado. Una excepción en medio de tantas mega producciones, efectos especiales y mucha superficialidad.    

¿Esa no sería otra de las distintas muertes que se le han decretado al cine? Cuando apareció la televisión, cuando surgió el video, ¿no se dijo lo mismo?
Rossellini ya decía en 1963 que el cine había muerto. Pero eso sería más a nivel cultural, industrial, tecnológico y de entretenimiento, porque el cine había tenido el monopolio de la narración audiovisual. El propio Rossellini acabó dedicándose a la televisión. En cuanto al video, pues, simplificó y abarató los procesos y costos de producción audiovisual. Lo importante no es el soporte, tipo de cámara y el medio para el que se produzca algo; lo que cuenta es tener una buena idea en la cabeza. Ahora se hace cine y series de televisión hasta con teléfonos celulares. No he visto los resultados pero cada vez se simplifica más un proceso que cuando yo empecé era muy complejo y costoso. Yo mismo me pasé al video en los ochentas y desde entonces casi toda mi producción la he realizado en ese formato. El video, la computación y las tecnologías digitales son hoy más un aliado del cine que un enemigo. La realización en soporte fílmico, en película, ya es cosa del pasado. 

Luis Ospina en Hollywood (1990). Foto: Karen Lamasonne - Archivo luisospina.com

¿Cómo ha sido su relación con la televisión?
Pues más como televidente que como realizador (risas). Yo hice algunas producciones para televisión que fueron financiadas por la Universidad del Valle para ser difundidas por el canal Telepacífico, abordando temas y personajes de Cali y el Valle, como es obvio tratándose de un canal regional. Bueno, finalmente Cali ha sido uno de los temas de mi trabajo, ¿no? Reflexionar sobre la ciudad, sobre el ser caleño, pero no de una forma meramente localista, ni mucho menos apologética, porque lo que ocurre en Cali puede pasar en cualquier ciudad de Colombia y el mundo. Pero para responder más a la pregunta, yo creo que para mí habría sido menos difícil incursionar en la televisión, como hizo Mayolo, que seguir haciendo cine. Lo que pasa es que nunca me interesó hacer una carrera como director de televisión. Además, no tengo el temperamento para trabajar con tanta gente. He hecho cosas por encargo, como las que hacía para Telepacífico. Sin embargo, prefiero mantener mi autonomía y hacer las cosas que yo quiera.  

¿Por qué siempre se sintió más cómodo con el documental que con la ficción?
Tal vez porque perdía menos plata (risas). No, yo creo que eso se debe a que desde niño me gustaba mirar, observar y oír lo que hacían los demás. Eso me parecía más interesante que pedirles que actuaran. Descubrí que había vidas tan interesantes, como la de un Andrés Caicedo, a quien siempre consideré un genio, o la de un Luis Alfonso Londoño, el zapatero de Agarrando pueblo, o las de taxistas, emboladores, peluqueros, artistas… que para qué agregarle a eso ficción. Mayolo, en cambio, se movía a sus anchas por la ficción y el documental, y terminó siendo un brillante director de argumentales para televisión. En cambio yo, después de Soplo de vida (1999) me dije que ya no iba a dirigir otro argumental. Fundamentalmente porque para mí un guion argumental es una camisa de fuerza, una huella que hay que seguir, en fin, algo que no me permite descubrir. Como decía José Luis Guerín (documentalista español), el argumental es el reino del control mientras que el documental es el reino del azar. A mí lo que me interesa es encontrar.  
   
¿Por qué no fue posible que volviera a trabajar con Mayolo?
Porque él estaba en Bogotá y yo en Cali, y cuando yo me radiqué en Bogotá, a mediados de los noventa, él estaba de lleno en la televisión. Nunca dejamos de ser amigos, pero en sus últimos años era ya muy difícil hacer algo con él porque estaba muy alcoholizado y tenía problemas de salud, había sufrido dos infartos, hablaba con dificultad, fue una autodestrucción a largo plazo que duró treinta años. Ese es otro de los temas de Todo comenzó por el fin, que coincidió con mi propia enfermedad que por poco me lleva a la tumba y que ha vuelto a reaparecer. Lo mío ha sido una autodestrucción mucho más a largo plazo (risas).

Esa ingeniosa habilidad para mezclar la no ficción y la ficción, alcanzó un lugar notable con Un tigre de papel, tal vez el trabajo con el que quiso llevar más lejos esa delgada línea entre lo uno y lo otro.
El crédito no es solo mío. Yo escribí el guion basado en un personaje creado por mi sobrino Lucas, que es artista plástico, en una investigación grupal que él realizó sobre el collage en Colombia. Nadie sabe a ciencia cierta quién introdujo el collage en Colombia; a partir de ahí se generó una investigación muy interesante en la que un tal Pedro Manrique Figueroa resultaba ser el pionero del collage en el país. Pero ese fue el “pre-texto” para hablar de cuestiones generacionales, políticas, culturales y artísticas que siempre me han interesado. Como todas las personas yo soy hijo de mi tiempo, ¿no? Y yo nací al año siguiente del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, así que de niño me tocó el período de la Violencia, la dictadura de Rojas Pinilla, la Explosión de Cali. Después todo lo del Frente Nacional y un suceso muy importante para toda América y el mundo como fue la Revolución cubana. Y todo esto en el marco de la Guerra Fría entre la URSS y Estados Unidos, ¿no? Después me fui a vivir a Estados Unidos para terminar el bachillerato y hacer los dos últimos años en Boston, y luego para estudiar cine en Los Ángeles. Así que durante este tiempo me tocó todo lo de Vietnam, las protestas contra la guerra que se agudizaron, el movimiento hippie que se había iniciado en California, las feroces protestas estudiantiles, los ecos de Mayo del 68 que llegaron allá, el rock y la psicodelia, el pop art, el cine underground, Warhol, Jim Morrison que había estudiado cine donde yo estaba, en la UCLA, los asesinatos de Luther King y Bobby Kennedy… el país estaba incendiado, pero pasaban todas esas cosas fabulosas de la contracultura y, por otro lado, la Nueva Izquierda estadounidense y la discusión en torno a los iconos del comunismo como Marx, Lenin, Trotsky, Mao, el Che, Castro, Ho Chi Min. Era el momento de las utopías y los jóvenes éramos los protagonistas: creíamos que podíamos cambiar el mundo. Después llegaron los setentas, volví a Colombia y acá todo estaba muy politizado: Mayolo se había vuelto comunista, había mucho sectarismo en la izquierda, pero a nivel cultural pasaban cosas muy interesantes, específicamente en lo que tiene que ver con el arte. Yo diría que en esos años Colombia se volvió un importante centro artístico en América Latina, habían llegado las vanguardias y había, además, mucho activismo social. Y bueno, todo eso continuó con mucha fuerza, en el 77 hubo un paro cívico nacional contra el gobierno de


López Michelsen, el más bravo e importante de nuestra historia, ¿no? Por otra parte, estaba la bonanza marimbera y después vendría el boom de la cocaína, los carteles, el estatuto de seguridad de Turbay, una persecución política y social muy fuerte, a mucha gente la desaparecieron, otros se exiliaron, en fin. 

                                               Afiche de Un tigre de papel / Tomado de                                                   Imagen: luisospina.com

Toda esta historia que estoy contando coincide con el supuesto período de actividad artística y política de Pedro Manrique Figueroa, sus collages de  realismo socialista, su agit-prop, su estadía en todos los países comunistas de la época, su militancia en el “mamertismo” colombiano, su coqueteo con las guerrillas latinomericanas, su participación en la Revolución sandinista, su fallida conspiración contra el sistema monetario estadounidense, hasta su desaparición misteriosa en 1981 cuando se le pierde el rastro. Entonces, lo que yo veía en esa historia era lo que toda una generación había vivido, soñado o presenciado en Colombia y Latinoamérica con el ascenso, disputa y caída de las izquierdas, con las vanguardias artísticas, con los movimientos de rebeldía y anarquismo, con la revolución socialista que finalmente no se pudo hacer, con esa discusión sobre el arte político y el compromiso político que de alguna manera se demandaba de los artistas. Yo pienso, además, que personajes como Pedro Manrique Figueroa, si lo vemos en un sentido más personal, uno encuentra en todas partes, tal vez todos hemos conocido a alguien que andaba metido en todo lo que fuera contestatario, y que cuando cayó el Muro de Berlín y se acabó la URSS y la cortina de hierro europea, se quedó sin discurso. Claro, eso no pasó en el 81 pero ya para entonces había un desgaste del comunismo internacional, como que esa guerra fría se estaba perdiendo. Pero este tipo de personajes, reales o ficcionales, que pierden o fracasan o solo obtienen un único triunfo en sus vidas, son los más que me interesan.

¿Cree que con Todo comenzó por el fin logró desmitificar al Grupo de Cali? O al contrario: profundizar el mito.
Es que nunca me planteé eso, ni lo uno ni lo otro, yo solo quería contar una historia. Pero con tres horas y media de duración ya va a quedar bien difícil que alguien quiera contar otra vez la misma historia. Otra cosa es el mito, algo sobre lo que uno no tiene ningún control.  A nosotros ya nos habían manoseado mucho y aparte de los tatuajes, las monederas, la telenovela, se hizo una adaptación cinematográfica de Que viva la música, algo muy penoso porque se rompió el acuerdo que había de no vender los derechos para llevar al cine ninguna obra de Andrés Caicedo. Y el resultado, como yo lo esperaba, fue muy lamentable porque ninguna adaptación y ningún director podría hacerle justicia a una novela como esa, a un universo literario tan particular como el de Caicedo. Pero volviendo a la pregunta, yo creo que al incorporar mi enfermedad y hospitalización en el documental, es decir, mi presente, estaba mostrando lo frágil que era mi vida, y esa es una forma de desmitificar las cosas, ¿no? Ante la posibilidad de morirme durante el rodaje organicé todo de tal manera que el documental se terminara en su totalidad y se incluyera mi propia muerte. La muerte ha sido uno de los temas que yo he abordado en mi trabajo (los otros son la ciudad, la memoria y el cine). Y esta vez, además de contar la historia del grupo, de la vida y muerte de Caicedo y Mayolo, estaba hablando de la posibilidad de que yo mismo me muriera. Finalmente, uno vive bajo una espada de Damocles todo el tiempo, ¿no?

Aquello de que cuando uno se va a morir la vida pasa por la mente como si fuera una película, es una sensación que produce este documental.
Sí, es como una película de misterio en la que no se sabe si el director, en este caso, se muere o no al final (risas). Pero esa película “mental” (un documental es, además, como un “documento mental”) es como un collage: a mí siempre me ha interesado trabajar con la idea de construir collages audiovisuales, ¿no? De ahí la importancia de los archivos. Yo he sido un archivista toda mi vida. 

Aunque sé que su estado de salud es muy delicado en este momento, ¿está trabajando en algún proyecto?
Estoy terminando la curaduría del próximo Festival Internacional de Cine de Cali, que yo fundé en 2008 y del cual soy su director artístico.   
       
En cincuenta años de carrera ha desempeñado prácticamente todos los oficios del cine, hasta crear un festival que es ya patrimonio de Cali y del cine en el país. ¿Qué le queda por hacer?
Morirme (risas).  






jueves, 9 de agosto de 2018

LA DIOSA CALI SEGÚN CAICEDO, MAYOLO Y OSPINA


Cartel de Todo comenzó por el fin (2015) que muestra a Luis Ospina, Andrés Caicedo y Carlos Mayolo
Imagen: tiempodecine.co

Eran tres jóvenes de familias acomodadas que decidieron conocer su ciudad a fondo y vivirla hasta el límite. En la década maravillosa (los años sesenta) Andrés Caicedo, un adolescente tímido, tartamudo y delgado, disfrutaba el rock and roll en la voz demoníaca de Mick Jagger y las guitarras agresivas de Brian Jones y Keith Richards. Jones moriría en 1969 a los 27, alimentando una suerte de eslogan generacional que podría ser “vive rápido, muere joven”. El muchacho también se deleitaba con otra música de raíces africanas que por aquellos años aún no se conocía con el nombre de salsa, pero que se oía y bailaba persistentemente en esa ciudad cálida y mágica en la que había nacido en 1951. Debido a su profunda timidez y a una particular sensibilidad hacia el arte, el muchacho se refugiaba en la lectura y la escritura. A los 14 años escribió su primer cuento. “Él me leyó ese primer cuento y me quedé sin palabras”,[i] recuerda Rosario, una de sus tres hermanas (era el único hijo varón). “Y ese amor por los libros me hizo entender desde muy temprana edad que yo estaba ante la presencia de un artista, de un Escritor con mayúscula, y desde ese momento me concentré en motivarlo a que continuara escribiendo”,[ii] añade. Además de la literatura los amores del joven eran el teatro y el cine: fue dramaturgo, guionista y un admirable crítico cinematográfico. A aquello de vivir rápido y morir joven habría que agregar “dejar obra”, toda vez que en su período de actividad (1965 – 1977), dejó una vasta obra cuya divulgación e interés han aumentado con el correr del tiempo, gracias a su familia que guardó celosamente sus numerosos e inéditos manuscritos, y a Sandro Romero Rey y Luis Ospina, el tercer personaje de esta historia, que han sido sus principales editores.

Carlos Mayolo, el segundo personaje, había nacido en Cali en 1945. Como rareza de su vida, estudió derecho durante algún tiempo en la Universidad Santiago de Cali (ver Centro Virtual Isaacs, http://cvisaacs.univalle.edu.co/carlos-mayolo/antes de dedicarse por entero al mundo audiovisual, primero al cine durante veinte años como realizador, guionista, productor y actor, y luego a la televisión, en la que sobresalió como director. En ambos medios fue un innovador y un anarquista, un ganador y un perdedor. En sus últimos años, ante la imposibilidad de poder concretar sus proyectos audiovisuales (a pesar de su enorme talento los canales televisivos ya no le daban trabajo), se dedicó a escribir, a hacer un poco lo que su amigo Andrés Caicedo había hecho desde la adolescencia. Ambos se autodestruyeron: Caicedo en el acto, con 25 años; Mayolo, como diría el otro protagonista de la historia (Luis Ospina), de a poco, a lo largo de cuarenta años de excesos, hasta que el 3 de febrero de 2007, a los 61, su corazón se detuvo para siempre.

                Carlos Mayolo en el medio y Andrés Caicedo a su lado. Foto: Eduardo Carvajal                    Fuente: archivo Open Edition Journals

Pues bien, Luis Ospina es el sobreviviente de este singular grupo que fue y sigue siendo conocido como el Grupo de Cali, aunque de él también hicieron parte Ramiro Arbeláez, Eduardo Carvajal y Sandro Romero Rey, entre otros. Sin embargo, los miembros más notables fueron aquellos tres jóvenes que innovaron la forma de hacer cine, literatura y crítica cinematográfica en un país que parecía llegar tarde a todo o al que todo le llegaba tarde: el propio Ospina diría una vez que la revuelta de Mayo del 68 recién llegó a Colombia en 1971. Ospina nació en Cali en 1949. De los tres fue el único que estudió cine y, cómo no, fue el cine lo que los juntó. Ospina estudió en la Universidad de California en Los Ángeles, mejor conocida como la UCLA. Conocía a Mayolo desde que era niño, desde el día de la explosión de siete camiones militares cargados de dinamita en 1956. Ahí, en medio de la peor tragedia que había vivido la ciudad y que también afectó su vivienda familiar, inició una amistad con aquél. Hubieran querido tener una cámara para filmar ese acontecimiento que le cambió la fisonomía a esta capital de provincia. Quince años después sí disponían de una cámara para filmar otro acontecimiento que la había transformado radicalmente: los VI Juegos Panamericanos. Los avatares de la ciudad, tanto trágicos como alegres y festivos, oscuros y resplandecientes, definieron su rumbo como cineastas pues durante veinte años Cali fue, de alguna u otra manera, el tema de su filmografía.

Además de la ciudad los unía la rebeldía: vivieron los sesenta, la década rebelde por antonomasia; eran hijos del rock, de la revolución cubana y de Mayo del 68, que directa o indirectamente cambiaron sus vidas. Querían ser actores de su época y no solo espectadores. Y para ello hay que empezar por la ciudad natal. Caicedo intentó ser actor de teatro con el TEC (Teatro Experimental de Cali), de la mano del maestro Enrique Buenaventura, pero no tardó en dejarlo para dedicarse a sus anchas a la literatura, de hecho había escrito guiones para teatro antes de volcarse a la narrativa y a los artículos sobre cine. En 1972, tras el fracaso del montaje de su obra El mar (que no fue el primero ni el único), decidió abandonar el teatro. En 1971 fundó el Cine Club de Cali en el barrio San Fernando, y fue ahí donde su camino se cruzó con los de Mayolo y Ospina, que se unieron al proyecto. Escribió algunos guiones para cine, uno de ellos Angelita y Miguel Ángel, que codirigió con Mayolo en 1972 y nunca concluyó. En 1974 fundó la revista Ojo al Cine, de la cual se publicaron cinco números. El cine club y la revista, que dirigió hasta su muerte, fueron los proyectos que tuvo en común con Ospina y Mayolo. En 1973 realizó su primer viaje a EE UU, más exactamente a Houston, donde vivía su hermana Rosario. Tenía el propósito de vender sus guiones en Hollywood y allá se dirigió para ofrecerle un guión de un western al director y productor Roger Corman. Sus guiones fueron rechazados. Noche sin fortuna, título de su novela inconclusa, fue tomado como tal para hacer un notable documental que rastrea su vida y obra y dialoga con sus amigos. En él Francisco Forbes y Álvaro Cifuentes, sus realizadores, recrean, en una lúdica animación, el guión que Andrés pretendía ver en el celuloide bajo la producción de Corman.


 Caicedo en medio de Ramiro Arbeláez 
y Luis Ospina
 en la cabina de proyección
del Teatro San Fernando. 
Foto: Eduardo Carvajal
En 1971 Mayolo y Ospina filmaron su primera obra juntos, el documental Oiga vea. El tema era, como ya se mencionó, los Juegos Panamericanos, pero como llegaron tarde a su inicio no les quedó otra que “derivar en estado de alerta”, como dice el maestro Manfred Max-Neef,[iii] y así se dedicaron a otra cosa que los medios y el documental oficial no podían mostrar: la otra cara de los Juegos, esto es, la mirada de la gente que no tenía dinero para las entradas a los recintos deportivos y se quedaba por fuera de ellos, o de los que a duras penas sí sabían que la ciudad era sede de los más importantes juegos deportivos de América, por estar abocados a la dura sobrevivencia diaria. En definitiva, de los que fueron marginados del acontecimiento que le estaba cambiando la cara a una ciudad que, supuestamente de ese modo, se estaba modernizando, a costa del arrasamiento de gran parte de su patrimonio arquitectónico. El paso del tiempo ha demostrado que los artistas caleños, muchos de los cuales se congregaron en un sitio denominado Ciudad Solar, entre ellos los del Grupo de Cali, hicieron mucho más por esa inserción en la modernidad que aquella justa deportiva. Se puede afirmar que el mejor testimonio audiovisual de lo que representó para Cali y Colombia el histórico certamen, fue el trabajo que la dupla realizó con una pasión, una recursividad y una crítica social que fueron una profunda bocanada de aire fresco para el género documental dentro del esporádico cine que se hacía en Colombia. Y es que los panamericanos se realizaron en medio de la tremenda agitación social que vivía el país -el Mayo de 68 postergado- con las violentas huelgas estudiantiles y los paros obreros que lo sacudieron al año siguiente de la fraudulenta victoria de Pastrana Borrero en las elecciones presidenciales de 1970. Con ese contexto sociopolítico de fondo, Ospina y Mayolo le dieron voz y presencia al ciudadano de a pie, a las personas de las clases populares y así plasmaron lo que nadie había hecho en un documental colombiano: cómo sentían y percibían los habitantes de la periferia urbana y social un evento elitista. Ese fue el criterio para realizar su siguiente colaboración documental, Cali: de película (1973), sobre la decembrina Feria de Cali, una de las fiestas más famosas de Colombia.

No. 2 de la revista Ojo al cine
Fuente: luisospina.com
Caicedo, entretanto, seguía escribiendo compulsivamente. Además de sus cuentos y sus críticas de cine para los diarios caleños, escribía una novela que había iniciado en Los Ángeles, California, y que concluiría en la población de Silvia, en el vecino departamento del Cauca, la mítica ¡Que viva la música!. El cine le había dejado ciertas frustraciones: el inconcluso argumental con Mayolo, sus guiones rechazados en Hollywood que ni siquiera había podido encontrar quién se los pudiera corregir y adaptar al formato requerido. Solo el Cine Club y la revista semestral Ojo al cine y, en suma, su desaforada cinefilia lo mantenían conectado al séptimo arte. En 1975 consiguió publicar, con financiación de su madre, el relato El atravesado, al que le añadió el cuento breve Maternidad, que, según se hermana Rosario, consideraba su obra maestra.[iv] ¡Que viva la música! seguiría sin editor durante un largo tiempo, hasta que en marzo de 1977, después de enviarla a muchas editoriales (que la rechazaban), dos intentos de suicidio, una novela inacabada y una abundante obra literaria aún inédita, vería la luz por conducto del Instituto Colombiano de Cultura, con prólogo de Juan Gustavo Cobo Borda. Pero ni el verla al fin publicada, ni el número seis de Ojo al cine en preparación, ni la programación de su cine club, ni Ospina, ni Mayolo, ni sus demás amigos, ni su familia, ni nadie más le hicieron desistir de morir por mano propia el 4 de marzo de 1977, fiel a sí mismo hasta la muerte. “Andrés muy sabiamente se fue con el poema y no con el borrón del poema que nos ha tocado a nosotros”,[v] dijo alguna vez Mayolo.


Fotograma de Angelita y Miguel Ángel. Andrés Caicedo como policía
Imagen: Teatro Matacandelas  

El escenario de sus cuentos y de su más celebrada obra, ¡Que viva la música!, es, por supuesto, Cali. Una ciudad en la que respira libertad pero a la vez opresión, como en Calicalabozo, que acaso expresa mejor que cualquier otro de sus relatos ese estado. Era, quizás, una relación de amor y repulsión. Y es que la imagen que tanto Caicedo como Ospina y Mayolo construyeron de Cali estaba muy lejos de la imagen turística, institucional y publicitaria que los medios mostraban. No podía ser de otra manera tratándose de unos iconoclastas. Es, como se ha dicho, una mirada crítica, marginal y desconcertante, si se quiere, pero que está atravesada por el humor. Un ácido y negro sentido del humor. Y es una imagen cínica que traslada la lucha entre Eros y Tánatos a una candente capital de provincia, la tercera más grande de Colombia. Fue una pelea que Caicedo y Mayolo perdieron en la realidad y ganaron en la ficción de sus palabras, imágenes y sonidos. El primero, que era un  lector consumado, voraz y sistemático y un adorador de la salsa brava, había puesto como epígrafes de ¡Que viva la música! un verso de la canción Cabo E, interpretada por Ricardo Ray y Bobby Cruz: “Qué rico y qué bajo Changó”,[vi] que expresa una ambivalencia de gozo y decadencia; y una frase de Malcolm Lowry, el alcoholizado escritor británico que murió de una sobredosis etílica y de antidepresivos a los 47 años, autor de Bajo el volcán y que dejó, como Caicedo, la mayor parte de su obra inédita: “Con una mano me sostengo y con la otra escribo”.[vii] Caicedo vivió así hasta que un día ya no pudo sostenerse más. 
 
A pesar de la autodestrucción que rodeó y acabó con sus vidas, el vitalismo de Eros parecía imponerse. En ese sentido Mayolo decía:
  
Con el tiempo y con la izquierda uno se da cuenta de que esa misma ciudad placentera tenía otras clases sociales y que esas otras clases sociales reaccionaban a la ciudad placentera distinto, como es la salsa, el baño en el río y otra cantidad de costumbres que hay en el Valle del Cauca. Todo eso me fue dando una ciudad que fui asimilando poco a poco. Entonces todas las películas tratan de cómo llegar al amor a Cali.[viii]  
  
Un punto en común que tenían los tres era su obsesión, si cabe decirlo así, por la marginalidad, reducida no solo a la miseria sino a todo lo que puede estar al margen de la sociedad y la cultura, como ellos mismos lo estaban. Pero tras la desaparición de Andrés, y acaso para exorcizarla, Ospina y Mayolo acometieron la realización de su más ambicioso y polémico filme hasta la fecha: Agarrando pueblo (1978), un importante referente del cine colombiano. A partir de aquella expresión que tomaron de uno de sus personajes reales de Oiga vea (“¡Con que agarrando pueblo…!”, que en Colombia significa engatusar al otro), Ospina y Mayolo hicieron algo absolutamente inusual hasta entonces en el cine de este país: construyeron un falso documental, cine dentro del cine, para develar cómo muchos documentalistas manipulaban la miseria con el fin de participar en festivales cinematográficos internacionales y alcanzar notoriedad. La trama es ésta: un director, interpretado por Mayolo, recorre con su camarógrafo zonas deprimidas de la ciudad de Cali filmando a toda suerte de habitantes de la calle, para luego hacer un montaje con escenas de una joven familia empobrecida, cuyos falsos miembros han sido escogidos, contratados y preparados para la ocasión: están planeando el engaño que les permitirá exhibir su trabajo en Europa; pero, en el momento de la filmación de la secuencia final, un extraño irrumpe y lo echa todo a perder: era Luis Alfonso Londoño, el de la susodicha frase lapidaria, a quien habían conocido durante el rodaje de Oiga vea. Este cortometraje de 27 minutos establece una complicidad con el espectador, que entra en el juego que le proponen los realizadores, tanto los del guión como los de la producción, y en ambos casos está Mayolo, jugando a dirigir y dirigiendo junto a Ospina. El camarógrafo en la ficción, Eduardo Carvajal, era en realidad camarógrafo, además de ser un destacado fotógrafo. Y en cuanto a los demás actores, incluido Londoño, eran actores no profesionales. Agarrando pueblo jugaba así con la delgada línea entre ficción y realidad. Esta vez los dos cineastas trabajaron con un guión cuidadosamente elaborado, como habían hecho con su primer argumental, Asunción (1975), rodado en Bogotá. Caicedo no los acompañó en estas aventuras audiovisuales.

Luis Alfonso Londoño en Agarrando pueblo
Foto: Eduardo Carvajal
Con Agarrando pueblo Ospina y Mayolo acuñaron la expresión “pornomiseria”, que ponía en cuestión ese cine documental latinoamericano que explotaba la miseria de la gente para difundirla en el denominado Primer Mundo  a través de los circuitos cinematográficos intelectuales, como una forma de expiación de culpas en esos países que, a cambio, promovían, exhibían y premiaban esas producciones. Era, también, una forma de exportar miseria social y cultural. Y contra esa explotación de personas con esa finalidad se fueron lanza en ristre en el manifiesto que escribieron y luego presentaron en París, en el estreno mundial de su filme. Como Agarrando pueblo era un título difícil de traducir en otros idiomas, optaron por rebautizarla como Los vampiros de la miseria. Que era como ellos veían a los realizadores de un cine al que también llamaban “miserabilista”. Pero las críticas hacia la película por lo que se consideraba un contrasentido arreciaron, y también las alabanzas.  
            
La idea del vampiro cultural, del cineasta como un vampiro que succiona a sus indefensos actores para luego vender su obra como un producto cultural, va a desarrollarse ya a un nivel dramatúrgico en las dos siguientes producciones: Pura sangre (1982), de Ospina, y Carne de tu carne (1983), de Mayolo. El vampirismo literario de Caicedo, ávido lector de Poe y Lovecraft, estuvo presente; la película fue dedicada a su memoria. Pura sangre fue el primer largometraje de Ospina, que desde su adolescencia conocía lo que llegó a ser una leyenda urbana en Cali, la del que la crónica roja bautizó como “Monstruo de los mangones”, un supuesto violador y asesino en serie de niños a inicios de los sesenta, que además, según la prensa amarillista, succionaba su sangre. Otra versión sostenía que los crímenes eran ejecutados para mantener con vida a un multimillonario de la ciudad que sufría una extraña enfermedad y precisaba transfusiones de sangre diariamente para sobrevivir. Ospina se decantó por esta versión, escribió el guión con Alberto Quiroga y encargó a Mayolo uno de los personajes: Perfecto, uno de los choferes del magnate azucarero que necesitaba recibir sangre de niños y jóvenes de piel clara como la suya. El inescrupuloso hijo del millonario encarga a Perfecto y a Ever, el otro chofer, la siniestra tarea de conseguir la sangre por la vía de los asesinatos sistemáticos. Una ciudad oscura y esquizoide es el marco de este relato de violencia y brutal humor negro; una parábola cruel y visionaria de la descomposición política, moral y social que atormentará a Colombia por las próximas décadas y hasta la actualidad. En su momento, lo cierto es que Pura sangre fue elogiada como el mayor logro técnico en la historia del cine en el país, amén de las críticas que resaltaban su contenido. Para Ospina lo fundamental era

combinar el episodio del “monstruo de los mangones” con el mito universal de Drácula, o sea el gran señor que vive en un castillo y vive de la sangre. No hay castillos en Cali, sino que el señor actúa desde el pent-house de un edificio, y no tiene colmillos sino que lo hace con jeringas… Se trata de transformar un mito universal y volverlo moderno y, además, de hacer una parábola sobre el poder. Todas las historias de vampirismo son parábolas sobre el poder.[ix]  


Florina Lemaitre y Roberto Forero en Pura sangre
Fuente: luisospina.com

En la navidad de 1983 Mayolo estrena su primer largometraje, Carne de tu carne, en la cual Ospina se desempeña como montajista. Será otra característica de los cineastas que si la obra era dirigida por Mayolo Ospina se encargaría del montaje. El guión es de Mayolo, Jorge Nieto y Elsa Vásquez. A diferencia de Pura sangre, el relato de Carne de tu carne transcurre en un período anterior, a mediados de los años cincuenta, cuando el país era gobernado por el general Rojas Pinilla, que desarrollaba un plan de modernización nacional después de haber detenido la guerra civil que se había desatado entre liberales y conservadores desde finales de la década anterior, conflicto que se conoce como La Violencia. Pese a ello el general era un dictador y en el momento del relato su régimen estaba a menos de un año de caer. La película recrea la mencionada tragedia del estallido de los camiones cargados con dinamita en agosto de 1956, hecho mejor conocido como la Explosión de Cali. Bajo ese escabroso contexto político y social Mayolo presenta una relación incestuosa entre dos medio hermanos adolescentes -Margareth y Andrés Alfonso- de una familia de la alta sociedad caleña. Nuevamente en clave metafórica se alude a uno de los períodos más violentos de la historia del país a través de la metamorfosis fantasmal que experimenta la muchacha a semejanza del espanto popular colombiano de la Madremonte, que cuidaba los bosques y campos.

“A nosotros nos tocó la violencia, a mí me tocó las salidas de las jaulas de pájaros de la violencia[x] por la ciudad. No se podía sino rezar el rosario a las seis de la tarde, las ventanas las tocaban, a la gente la mataban. Siempre viví como en esa ciudad llena de avatares…”,[xi] decía Mayolo. La Explosión de Cali y el represivo contexto dictatorial son como el colofón provisional de una de las múltiples catástrofes sociales sufridas por el país. Como también se había abordado en Pura sangre, la decadencia de una élite vallecaucana vinculada a la producción de azúcar es representada con el cinismo característico del grupo caleño. Carne de tu carne fue el primer intento de hacer en el cine colombiano lo que el escritor Álvaro Mutis llamaba gótico tropical: una transposición de personajes, motivos, símbolos y mitos de un romanticismo fantasmagórico, gélido y de ambientes góticos europeos al ambiente cálido y al bosque andino de regiones colombianas como el Valle del Cauca, lo cual a primera vista resultaría una paradoja. No obstante, la película de Mayolo mostró que esa abstracción no solo era posible sino una forma creativa y novedosa de recrear en el cine nacional hechos y aspectos cruciales en la historia de una ciudad y un país empleando signos no realistas, combinando mitos de carácter romántico y universal como el vampiro con otros locales y bucólicos como la Madremonte; justamente en esa interacción tenía sentido ese gótico tropical. Como había hecho el realismo mágico en la literatura hispanoamericana, un gótico tropical cinematográfico podía contar esas dolorosas y conflictivas historias de una manera alucinante, parabólica y, por supuesto, crítica. 

Imagen: IMDb

Después de esta fantasía gótica y delirante el director optó por hacer una obra sencilla, sentimental y corta pero con un trasfondo social turbio y político: el mediometraje Aquel 19, de 1985. Esta vez Mayolo se remonta al año 1965 y ubica su relato en el barrio Obrero de Cali. Una nostálgica banda sonora, presidida por el bolero Aquel 19 en la voz del dominicano Alberto Beltrán y el acompañamiento de la Sonora Matancera, adoptado como himno por los seguidores del equipo futbolístico América de Cali (que el 19 de diciembre de 1979 consiguió su primer campeonato profesional), secunda el enamoramiento de dos jóvenes separados por diferencias partidistas: el padre de la novia es conservador, en contraste con la familia del novio. Y como si se tratara de un Romeo y una Julieta de un barrio popular caleño, deciden perpetuar su amor más allá de esas fatales discrepancias que aun subsistían y pesaban socialmente en los tiempos del Frente Nacional, el pacto de alternación gubernamental por 16 años entre los partidos liberal y conservador.

Siempre infatigable, Mayolo realizó por entonces el documental Cali, cálido, calidoscopio, antes de enfrascarse en su segundo y más celebrado largometraje, La mansión de Araucaíma (1986), basado en la novela homónima de Álvaro Mutis, cerrando así su capítulo de gótico tropical. Entretanto, Ospina realiza Andrés Caicedo: unos pocos buenos amigos (1986), un documental sobre el ya mítico escritor desde la perspectiva de sus amigos y sobrevivientes del Grupo de Cali, como tributo pero acaso también para desentrañar su leyenda y su legado tras nueve años de ausencia permanente. Esta obra parecía cerrar el círculo: el grupo que a lo largo de dos décadas (setenta y ochenta) había aportado la más sólida filmografía en el cine colombiano hasta entonces, el que por su producción tan prolífica, imaginativa y desafiante fue llamado “Caliwood”, se disolvía. Sus dos miembros más notables seguirían sus respectivos caminos en la producción audiovisual. Mayolo incursionaría en la televisión, dirigiendo, entre otros importantes trabajos, la serie Azúcar (1989), otra vez con temática vallecaucana. Ospina cambiaría de soporte, pasando a la producción en video y realizando una serie de documentales en los cuales su ciudad seguiría estando presente, entre ellos una despedida anticipada en 1990 que tituló Adiós a Cali (Ah, Diosa Kali), una despedida simbólica y real a la “Cali actual, tan lejana de aquella de su juventud, de brisa a las cinco de la tarde, con casas y calles amplias y largas caminatas respirando sin temor a los ladrones y al humo”,[xii] observa la investigadora María Fernanda Arias Osorio, agregando que el cineasta “no soportó más estar comparando diariamente este derrumbe con sus recuerdos y se marchó”.[xiii] Pero antes de marcharse realizó en 1991 una trilogía sobre determinados personajes y oficios populares tanto en su ciudad como en cualquiera otra: A la carrera (sobre el mundo de los taxistas), Al pie (sobre los lustrabotas o “emboladores” en la jerga colombiana) y Al pelo (sobre peluqueros). Posteriormente se instalaría en Bogotá.  Más que cualquier otro cineasta Ospina ha recreado una ciudad que, además, ha sido pionera en la cinematografía del país: el primer largometraje mudo se hizo en Cali (María, adaptación de la novela de Jorge Isaacs, en 1921), como también el primer filme sonoro (Flores del Valle, 1941) y el primero en color (La gran obsesión, 1954).

   
Luis Ospina ante un afiche promocional de Todo comenzó por el fin, en el que se ve a Andrés Caicedo
Foto: archivo IMDb
 
Veinte años después del final de un grupo y una era (1971 – 1991) que cambió para siempre la historia del cine en Colombia, como único sobreviviente de la terna fundamental y vital de ese grupo Luis Ospina empezó a juntar los fragmentos visuales de la vida literaria y cinematográfica de Andrés Caicedo con los de la de Mayolo y la suya propia para alumbrar en 2015 el documental de toda una vida de cinefilia y amistad: Todo comenzó por el fin; que es, como dijo el propio Ospina, el testamento del Grupo de Cali. De tres vidas de imágenes, sonidos y palabras que, forjadas sobre todo “en la experiencia adquirida al mirar las películas una y otra vez, y leer y discutir incansablemente acerca de ellas, eran mucho más conscientes de lo que significaba el lenguaje cinematográfico como posibilidad no sólo de denuncia (...) sino de creación estética”.[xiv]        
               

NOTAS
 
[i] Rosario Caicedo, entrevista, en “Andrés Caicedo: retrato de un niño transgresor”, Arcadia, 2016/09/07, https://www.revistaarcadia.com/agenda/articulo/andres-caicedo-rosario-caicedo-entrevista-que-viva-la-musica-infancia-del-escritor/53860.
[ii] En la misma entrevista.
[iii] Economista chileno, ganador del llamado Premio Nobel Alternativo en economía. Autor de La economía descalza y Desarrollo a escala humana, entre otros libros.
[iv] Cfr. Rosario Caicedo, op. cit.
[v] Carlos Mayolo, en el documental Andrés Caicedo: unos pocos buenos amigos.
[vi] ¡Que viva la música! , 2a. ed. en S.C.C., Bogotá: Plaza y Janés, 1987, p. 7.
[vii] Ibíd., p. 7.
[viii] Carlos Mayolo, en “Carlos Mayolo: genio y demencia”, El Espectador, 2015/05/07, https://www.elespectador.com/noticias/cultura/carlos-mayolo-genio-y-demencia-articulo-559328
[ix] Luis Ospina, en María Fernanda Arias O., Historia (s) del cine, Bogotá: Facultad de Ciencias Sociales y Humanas de la UNAD, 1997, p. 170.  
[x] Los “pájaros” eran asesinos a sueldo de jefes conservadores.
[xi] Carlos Mayolo, en “Carlos Mayolo: genio y…”, op. cit.
[xii] María Fernanda Arias O., op. cit., p. 176.
[xiii] Ibíd., p. 176.
[xiv] Ibíd., p. 169-170.