miércoles, 26 de agosto de 2026

CARTAS NÓMADAS O EL EPISTOLARIO COMO ENSAYO

 
Foto: Jaime Flórez Meza
 

“¿Cuándo se va a publicar el primer volumen de emails?”, inquiría el economista y pensador chileno Manfred Max-Neef (1932-2019) en una conferencia dada en 2011 en Bucaramanga, Colombia. Max-Neef —a quien nunca pude conocer, pero al que considero uno de mis maestros— formulaba esta pregunta a propósito de los cambios en el lenguaje y la comunicación que internet había suscitado en todo el mundo. “Hoy en día hay que comunicarse a la velocidad de la luz”, decía, maldiciendo de paso el correo electrónico. “Absolutamente una estupidez, ¿por qué? Yo echo de menos el timbre cuando venía el cartero…”. Yo, que escribí y eché en el buzón tantas cartas de todo tipo de mi puño y letra, y recibí tantas más emocionado en la puerta de mi casa o en una casilla de correo que en Colombia llamaban apartado aéreo, también lo extraño. Pero qué le vamos a hacer. Manfred seguía su diatriba así: “Ahora uno se levanta en la mañana, aprieta el botón y tengo 85 porquerías metidas ahí en la pantalla. Y tengo que revisarlas todas porque a lo mejor de las 85 tengo dos que valen la pena”.

                                                 Manfred Max-Neef. Foto: archivo Ecología Política

No le faltaba razón. En enero de 2013, entre las decenas de correos que inundaban la bandeja de entrada de mi email, encontré uno de alguien que me escribía con el asunto “PROPUESTAS”. Era uno de esos correos que valían la pena. Una de las cosas que llamaron mi atención era que mantenía las formas de la correspondencia tradicional, tanto en su encabezamiento —“Medellín, 20 de enero, 2013”— como en la redacción, en las citas bibliográficas que hacía y en la despedida. No era un simple mensaje, de esos que se escriben por millones en las redes sociales virtuales. Era una carta que veinte años atrás habría sido escrita con bolígrafo o con aquellas máquinas mecanográficas que yo también usé en mis años escolares y universitarios. Y que hoy son piezas de museo.  

Mi corresponsal se llamaba Iván Rodrigo García Palacios, se había formado como periodista en la Pontificia Universidad Bolivariana y como filósofo en la cotidianidad, a fuerza de leer a Platón y, con particular deleite y obsesión, a los filósofos de la vida, como él los llamaba: Epicuro, Montaigne, Giordano Bruno, Spinoza, Goethe (sí, el Goethe pensador), Nietzsche, Fourier, Onfray, Comte-Sponville o pensadoras como la española María Zambrano y la brasileña Marilena Chaui. Además de la filosofía, entre sus intereses y placeres también estaban la literatura, las neurociencias, las artes, las ciencias naturales, la política… Era como un humanista del Renacimiento que había desembarcado en el siglo XXI y que, siguiendo la tradición filosófica de compartir el conocimiento mediante la escritura de cartas a sus amigos y contertulios (como lo hicieran el mismo Epicuro, Séneca, Plinio el Joven, Spinoza, Montaigne, Miguel de Unamuno o Hannah Arendt), empleaba algunas herramientas tecnológicas con esa finalidad. Pero nunca tuvo un celular, a él había que llamarlo por línea telefónica, visitarlo en su apartamento de Medellín —algo que solo pude hacer dos veces— y, obviamente, escribirle por correo electrónico. Tampoco tenía cuenta en Facebook, WhatsApp, Instagram o Twitter. No, él nunca creyó en estas redes virtuales, con él la comunicación tenía que ser presencial, acompañada de un buen café, en su sala-biblioteca o, aún mejor, por vía epistolar: eso era lo que más le agradaba; todos los días escribía cartas a sus corresponsales. Y yo tuve la suerte de ser uno de ellos. 

 

García Palacios visto por Juanita Vélez Andrade

La otra herramienta que usó era el blog, el suyo se llamaba Lector Ludi (lectorludi.blogspot.com). Lo mantuvo entre 2005 y 2019, publicando cerca de 200 ensayos sobre cuestiones filosóficas, literarias, neurocientíficas, evolutivas… Era, si se me permite una descripción reduccionista, un humanista evolutivo y vitalista. Un homo-humano de esos que hoy en día es tan raro encontrar. Y yo, como antes él, también entendí que mantener una correspondencia de estas características era una necesidad vital como la de respirar, comer o dormir. O leer y escribir. Era, por tanto, un epistolario que había que cuidar por encima de los trabajos, los viajes y las vicisitudes de la vida diaria. De ese modo, a través de cientos de correos, Iván Rodrigo y yo le fuimos dando forma a una suerte de ensayo epistolar. “¿Acaso nosotros dos no estamos escribiendo un ensayo filosófico virtual que, guardadas las proporciones, continúa en la tradición de los Ensayos de Montaigne?”, me escribió el 25 de abril de 2020. “Lo primero es subrayar lo de nuestro epistolario que, como bien has dicho, es como un ensayo ilimitado, expandido, infinito, que nos ha permitido compartir experiencias, alegrías, penas, placeres, dolores, en fin, todo eso de lo que está hecha la vida”, escribí por mi parte el 18 de julio de ese año. Un día antes él me había escrito: “Por eso gozo tanto con nuestro epistolario, cada correo es un ‘ensayo’”.

Otra idea que nos fascinaba era la de bitácora, el estar configurando una bitácora de nuestras propias vidas: “Me adelanto a sugerir: lo que ahora vamos a escribir podría ser algo así como una buena parodia de La Odisea. Pero mejor, se me ocurre parodiar los títulos y asuntos de dos obras literarias colombianas: Bitácora del viaje a bordo de mí mismo” (Iván Rodrigo, 15 de junio, 2018); “Te iba a decir en un correo anterior lo que ya has asentado: que nuestra correspondencia hace mucho dejó de ser una bitáco­ra de alegrías y dolores académicos, de viajes y otros nomadismos para convertirse en lo que es ahora, una suerte de diario del año de la peste, aunque no precisamente como el de Daniel Defoe”, escribí yo el 2 de abril de 2020 cuando estábamos bajo la pandemia de Covid-19; “…sigamos escribiendo esta bitácora abierta y libre como las charlas entre amigos”, me había dicho él en otra ocasión anterior (25 de julio, 2019). En fin.

Debo decir que en distintos momentos yo mismo le propuse a Iván la idea de publicar un texto de largo aliento que diera cuenta de esa correspondencia ensayística o de ensayo epistolar en que tanto nos estábamos empeñando, así no supiera cómo ni cuándo hacerlo. Él no me daba una respuesta específica, pero me alentaba diciendo: “Algún día, no muy lejano, editaremos todo esto y a lo mejor a otros algo les diga de nuestras experiencias. Al menos, esa conexión entre dos personas más allá de las frivolidades de redes sociales. Lo mejor que nos puede pasar es tener con quien compartir todo aquello que más nos gusta y nos eleva el espíritu, o sea, la compañía del viaje de regreso a las estrellas” (15 de junio, 2018).  

En 2023, cuando ya Iván había fallecido (nuestro epistolario culminó el 29 de septiembre de 2021), me entregué a la extenuante tarea de transcribir en Word los 863 correos que yo había guardado en el archivo de mi email. Después vino el proceso de eliminar los que consideraba prescindibles. Hice innumerables relecturas para decidir cuáles debería publicar. Pero los primeros resultados no me satisfacían. Intenté posteriormente escribir una novela a partir de determinados correos. Fracasé. Quise hacer algo similar en forma de pieza teatral y tampoco funcionó. No había caso, los correos tenían que ser publicados como lo que eran. Me pareció entonces que debía concentrarme solo en los dos últimos años de correspondencia y, más exactamente, en los correos escritos durante la pandemia, como si se tratara de una bitácora o diario de la peste escrito entre dos. Pero algo me hacía falta. ¿Qué había pasado en los siete años anteriores? ¿Cómo se había iniciado el epistolario? ¿Cómo había evolucionado? Eran preguntas que yo me hacía y que muchos lectores también podrían hacerse. Pero me quedé bloqueado y decidí abandonar el proyecto tal cual estaba, circunscrito a la pandemia, a ver si algún día veía todo con más claridad.

En 2025 lo retomé al fin y me puse a hacer, como diría el maestro Max-Neef, lo que tenía que hacer: concluir el proyecto; incluir una serie de correos de años anteriores que yo estimaba necesarios. Me parecía un desperdicio, por ejemplo, dejar por fuera aquellos correos que yo le escribí a Iván desde distintas ciudades suramericanas cuando estaba todavía en mi año sabático. En circunstancias como esas nuestra correspondencia adquiría ese carácter urgente y lúdico de bitácora de viaje de la que Iván hablaba. Era vivificante leerlo y escribirle en medio de ese andar, desde un café, en un cuarto de hotel, en un parque, en una terminal de buses, en un aeropuerto… 

 
Yo en Valparaíso, Chile, en 2019 

En mi selección y edición final quedaron, pues, 190 cartas: 95 suyas, 95 mías. Buscar un título tampoco fue fácil. Después de mucho divagar fijé mi atención en algo que es obvio y a la vez complejo: yo he sido viajero y nómada toda mi vida, y en esos años de correspondencia lo fui de una manera más consciente y profunda. Iván me ayudó a entender que, por cuestiones culturales, he sido migrante, pero, por naturaleza, un nómada: ese es un estado, no un concepto. Entonces, consideré que no solo por las distintas ciudades que habité y me habitaron en esos años, y por el carácter de un epistolario —y de la escritura en sí— que se desplaza en un tiempo y espacio, así sea el de la virtualidad, permitiendo mantener una conversación, pasar de un tema a otro, dejarlo y retomarlo tantas veces como sea necesario, y por devolverle a la epístola el soporte en papel en que durante siglos fue escrita e impresa, tenía que nombrar este libro Cartas nómadas.   

Creo que ellas son un testimonio, un legado de lo que fue esta amistad intelectual y vitalista, que pudo y supo eliminar la virtualidad: “Las verdaderas relaciones y conexiones entre las personas demandan una presencia física y una deliberación y, aunque las cartas son palabras escritas so­bre un papel o sobre una tableta de luz, el escribir y el construir con las palabras sentidos y significados elimina la virtualidad”, observaba Iván Rodrigo (25 de julio, 2019). Y para responder a la inquietud planteada por Max-Neef, sí, es posible, y quizás el nuestro sea ese “primer volumen de emails”. Que se puede leer como un ensayo epistolar “que tiene la novedad de fusionar tradición y nuevas tecnologías”, como me dijo Iván Rodrigo el 20 de julio de 2020. Un epistolario es, a fin de cuentas, una entre tantas formas que han inventado los homo-humanos para acompañarse en ese viaje de retorno a las estrellas.

 

CARTAS NÓMADAS

Año: 2026

Sello editorial: Nueve Editores

354 págs. 

Disponible en Buscalibre.com  

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