miércoles, 26 de agosto de 2026

CARTAS NÓMADAS O EL EPISTOLARIO COMO ENSAYO

 
Foto: Jaime Flórez Meza
 

“¿Cuándo se va a publicar el primer volumen de emails?”, inquiría el economista y pensador chileno Manfred Max-Neef (1932-2019) en una conferencia dada en 2011 en Bucaramanga, Colombia. Max-Neef —a quien nunca pude conocer, pero al que considero uno de mis maestros— formulaba esta pregunta a propósito de los cambios en el lenguaje y la comunicación que internet había suscitado en todo el mundo. “Hoy en día hay que comunicarse a la velocidad de la luz”, decía, maldiciendo de paso el correo electrónico. “Absolutamente una estupidez, ¿por qué? Yo echo de menos el timbre cuando venía el cartero…”. Yo, que escribí y eché en el buzón tantas cartas de todo tipo de mi puño y letra, y recibí tantas más emocionado en la puerta de mi casa o en una casilla de correo que en Colombia llamaban apartado aéreo, también lo extraño. Pero qué le vamos a hacer. Manfred seguía su diatriba así: “Ahora uno se levanta en la mañana, aprieta el botón y tengo 85 porquerías metidas ahí en la pantalla. Y tengo que revisarlas todas porque a lo mejor de las 85 tengo dos que valen la pena”.

                                                 Manfred Max-Neef. Foto: archivo Ecología Política

No le faltaba razón. En enero de 2013, entre las decenas de correos que inundaban la bandeja de entrada de mi email, encontré uno de alguien que me escribía con el asunto “PROPUESTAS”. Era uno de esos correos que valían la pena. Una de las cosas que llamaron mi atención era que mantenía las formas de la correspondencia tradicional, tanto en su encabezamiento —“Medellín, 20 de enero, 2013”— como en la redacción, en las citas bibliográficas que hacía y en la despedida. No era un simple mensaje, de esos que se escriben por millones en las redes sociales virtuales. Era una carta que veinte años atrás habría sido escrita con bolígrafo o con aquellas máquinas mecanográficas que yo también usé en mis años escolares y universitarios. Y que hoy son piezas de museo.  

Mi corresponsal se llamaba Iván Rodrigo García Palacios, se había formado como periodista en la Pontificia Universidad Bolivariana y como filósofo en la cotidianidad, a fuerza de leer a Platón y, con particular deleite y obsesión, a los filósofos de la vida, como él los llamaba: Epicuro, Montaigne, Giordano Bruno, Spinoza, Goethe (sí, el Goethe pensador), Nietzsche, Fourier, Onfray, Comte-Sponville o pensadoras como la española María Zambrano y la brasileña Marilena Chaui. Además de la filosofía, entre sus intereses y placeres también estaban la literatura, las neurociencias, las artes, las ciencias naturales, la política… Era como un humanista del Renacimiento que había desembarcado en el siglo XXI y que, siguiendo la tradición filosófica de compartir el conocimiento mediante la escritura de cartas a sus amigos y contertulios (como lo hicieran el mismo Epicuro, Séneca, Plinio el Joven, Spinoza, Montaigne, Miguel de Unamuno o Hannah Arendt), empleaba algunas herramientas tecnológicas con esa finalidad. Pero nunca tuvo un celular, a él había que llamarlo por línea telefónica, visitarlo en su apartamento de Medellín —algo que solo pude hacer dos veces— y, obviamente, escribirle por correo electrónico. Tampoco tenía cuenta en Facebook, WhatsApp, Instagram o Twitter. No, él nunca creyó en estas redes virtuales, con él la comunicación tenía que ser presencial, acompañada de un buen café, en su sala-biblioteca o, aún mejor, por vía epistolar: eso era lo que más le agradaba; todos los días escribía cartas a sus corresponsales. Y yo tuve la suerte de ser uno de ellos. 

 

García Palacios visto por Juanita Vélez Andrade

La otra herramienta que usó era el blog, el suyo se llamaba Lector Ludi (lectorludi.blogspot.com). Lo mantuvo entre 2005 y 2019, publicando cerca de 200 ensayos sobre cuestiones filosóficas, literarias, neurocientíficas, evolutivas… Era, si se me permite una descripción reduccionista, un humanista evolutivo y vitalista. Un homo-humano de esos que hoy en día es tan raro encontrar. Y yo, como antes él, también entendí que mantener una correspondencia de estas características era una necesidad vital como la de respirar, comer o dormir. O leer y escribir. Era, por tanto, un epistolario que había que cuidar por encima de los trabajos, los viajes y las vicisitudes de la vida diaria. De ese modo, a través de cientos de correos, Iván Rodrigo y yo le fuimos dando forma a una suerte de ensayo epistolar. “¿Acaso nosotros dos no estamos escribiendo un ensayo filosófico virtual que, guardadas las proporciones, continúa en la tradición de los Ensayos de Montaigne?”, me escribió el 25 de abril de 2020. “Lo primero es subrayar lo de nuestro epistolario que, como bien has dicho, es como un ensayo ilimitado, expandido, infinito, que nos ha permitido compartir experiencias, alegrías, penas, placeres, dolores, en fin, todo eso de lo que está hecha la vida”, escribí por mi parte el 18 de julio de ese año. Un día antes él me había escrito: “Por eso gozo tanto con nuestro epistolario, cada correo es un ‘ensayo’”.

Otra idea que nos fascinaba era la de bitácora, el estar configurando una bitácora de nuestras propias vidas: “Me adelanto a sugerir: lo que ahora vamos a escribir podría ser algo así como una buena parodia de La Odisea. Pero mejor, se me ocurre parodiar los títulos y asuntos de dos obras literarias colombianas: Bitácora del viaje a bordo de mí mismo” (Iván Rodrigo, 15 de junio, 2018); “Te iba a decir en un correo anterior lo que ya has asentado: que nuestra correspondencia hace mucho dejó de ser una bitáco­ra de alegrías y dolores académicos, de viajes y otros nomadismos para convertirse en lo que es ahora, una suerte de diario del año de la peste, aunque no precisamente como el de Daniel Defoe”, escribí yo el 2 de abril de 2020 cuando estábamos bajo la pandemia de Covid-19; “…sigamos escribiendo esta bitácora abierta y libre como las charlas entre amigos”, me había dicho él en otra ocasión anterior (25 de julio, 2019). En fin.

Debo decir que en distintos momentos yo mismo le propuse a Iván la idea de publicar un texto de largo aliento que diera cuenta de esa correspondencia ensayística o de ensayo epistolar en que tanto nos estábamos empeñando, así no supiera cómo ni cuándo hacerlo. Él no me daba una respuesta específica, pero me alentaba diciendo: “Algún día, no muy lejano, editaremos todo esto y a lo mejor a otros algo les diga de nuestras experiencias. Al menos, esa conexión entre dos personas más allá de las frivolidades de redes sociales. Lo mejor que nos puede pasar es tener con quien compartir todo aquello que más nos gusta y nos eleva el espíritu, o sea, la compañía del viaje de regreso a las estrellas” (15 de junio, 2018).  

En 2023, cuando ya Iván había fallecido (nuestro epistolario culminó el 29 de septiembre de 2021), me entregué a la extenuante tarea de transcribir en Word los 863 correos que yo había guardado en el archivo de mi email. Después vino el proceso de eliminar los que consideraba prescindibles. Hice innumerables relecturas para decidir cuáles debería publicar. Pero los primeros resultados no me satisfacían. Intenté posteriormente escribir una novela a partir de determinados correos. Fracasé. Quise hacer algo similar en forma de pieza teatral y tampoco funcionó. No había caso, los correos tenían que ser publicados como lo que eran. Me pareció entonces que debía concentrarme solo en los dos últimos años de correspondencia y, más exactamente, en los correos escritos durante la pandemia, como si se tratara de una bitácora o diario de la peste escrito entre dos. Pero algo me hacía falta. ¿Qué había pasado en los siete años anteriores? ¿Cómo se había iniciado el epistolario? ¿Cómo había evolucionado? Eran preguntas que yo me hacía y que muchos lectores también podrían hacerse. Pero me quedé bloqueado y decidí abandonar el proyecto tal cual estaba, circunscrito a la pandemia, a ver si algún día veía todo con más claridad.

En 2025 lo retomé al fin y me puse a hacer, como diría el maestro Max-Neef, lo que tenía que hacer: concluir el proyecto; incluir una serie de correos de años anteriores que yo estimaba necesarios. Me parecía un desperdicio, por ejemplo, dejar por fuera aquellos correos que yo le escribí a Iván desde distintas ciudades suramericanas cuando estaba todavía en mi año sabático. En circunstancias como esas nuestra correspondencia adquiría ese carácter urgente y lúdico de bitácora de viaje de la que Iván hablaba. Era vivificante leerlo y escribirle en medio de ese andar, desde un café, en un cuarto de hotel, en un parque, en una terminal de buses, en un aeropuerto… 

 
Yo en Valparaíso, Chile, en 2019 

En mi selección y edición final quedaron, pues, 190 cartas: 95 suyas, 95 mías. Buscar un título tampoco fue fácil. Después de mucho divagar fijé mi atención en algo que es obvio y a la vez complejo: yo he sido viajero y nómada toda mi vida, y en esos años de correspondencia lo fui de una manera más consciente y profunda. Iván me ayudó a entender que, por cuestiones culturales, he sido migrante, pero, por naturaleza, un nómada: ese es un estado, no un concepto. Entonces, consideré que no solo por las distintas ciudades que habité y me habitaron en esos años, y por el carácter de un epistolario —y de la escritura en sí— que se desplaza en un tiempo y espacio, así sea el de la virtualidad, permitiendo mantener una conversación, pasar de un tema a otro, dejarlo y retomarlo tantas veces como sea necesario, y por devolverle a la epístola el soporte en papel en que durante siglos fue escrita e impresa, tenía que nombrar este libro Cartas nómadas.   

Creo que ellas son un testimonio, un legado de lo que fue esta amistad intelectual y vitalista, que pudo y supo eliminar la virtualidad: “Las verdaderas relaciones y conexiones entre las personas demandan una presencia física y una deliberación y, aunque las cartas son palabras escritas so­bre un papel o sobre una tableta de luz, el escribir y el construir con las palabras sentidos y significados elimina la virtualidad”, observaba Iván Rodrigo (25 de julio, 2019). Y para responder a la inquietud planteada por Max-Neef, sí, es posible, y quizás el nuestro sea ese “primer volumen de emails”. Que se puede leer como un ensayo epistolar “que tiene la novedad de fusionar tradición y nuevas tecnologías”, como me dijo Iván Rodrigo el 20 de julio de 2020. Un epistolario es, a fin de cuentas, una entre tantas formas que han inventado los homo-humanos para acompañarse en ese viaje de retorno a las estrellas.

 

CARTAS NÓMADAS

Año: 2026

Sello editorial: Nueve Editores

354 págs. 

Disponible en Buscalibre.com  

viernes, 14 de noviembre de 2025

PHILIP AGEE: EL ESPÍA QUE RENUNCIÓ A LA CIA Y LA DEVELÓ ANTE EL MUNDO (I)

 

Fuente: La Tiranía Invisible

 

“Seré un guerrero contra la erosión subversiva que el comunismo hace a la libertad y a los derechos individuales en todo el mundo, un patriota dedicado a la preservación de mi país y de nuestra forma de vida”.

Philip Agee, La CIA por dentro. Diario de un espía

 

Por JAIME FLÓREZ MEZA

Todo el mundo recordará que en 2013 Edward Snowden, ex analista informático de la CIA y consultor de la Agencia Nacional de Seguridad de EE. UU. (NSA por su sigla en inglés) causó revuelo mundial al filtrar información ultra secreta de programas de espionaje masivo global del gobierno estadounidense. Sin embargo, treintaiocho años antes otro brillante ex trabajador de la CIA (sigla en inglés de la Agencia Nacional de Inteligencia) había publicado un libro explosivo que revelaba en detalle los polémicos procedimientos de la agencia. Se llamaba Philip Agee y había estado vinculado a aquélla durante doce años. El libro llevaba por título Inside The Company: CIA Diary (Dentro de la Compañía: Diario de la CIA) y en él relataba, además, su experiencia como oficial de operaciones en tres países latinoamericanos (Ecuador, Uruguay y México), su renuncia y transformación en denunciante de la paradigmática agencia de espionaje, y de cómo pasó a ser perseguido por ésta mientras investigaba y daba forma a su trabajo que sería traducido a treinta idiomas. 


Foto: Jaime Flórez Meza

La primera edición del libro era ecuatoriana y se titulaba simplemente Diario de la CIA; fue publicada por la Asociación Escuela Politécnica. Sin embargo, era una versión parcial del original de quinientas páginas y contenía sólo las dos primeras partes, de las cinco que lo componen, siendo la segunda la que abarca todo lo referente a Ecuador. Esta edición es de 1977 y es la primera, aunque incompleta, traducción al castellano del texto de Agee. En ella se aclara que por falta de recursos económicos no fue posible publicar la versión íntegra. En 1978, al fin, editorial Laia de Barcelona publicó la primera edición completa en castellano: La “Compañía” por dentro: Diario de la CIA. En 1987 editorial Sudamericana de Buenos Aires lo hizo bajo el título de La CIA por dentro. Diario de un espía, con traducción de Silvia Lerendegui, que es en la que me he basado para la escritura de este artículo.

Mientras asistía a un congreso de comunicación y poder de mercado en Cuenca, Ecuador, en 2015, escuché la disertación del periodista y escritor ecuatoriano Jaime Galarza Zavala, que conoció en persona a Philip Agee siete años después de que éste renunciara a la CIA. Galarza estaba en el congreso para presentar a su vez el libro La CIA contra América Latina. Caso especial: Ecuador, editado por él y que incluye, entre otros contenidos, la entrevista que le hiciera a Agee en Londres, en octubre de 1975, cuando ambos se conocieron. El ex oficial vivía desde hacía dos años en Inglaterra, donde publicó su libro en enero de 1975, y de donde sería expulsado en 1978 por presión del gobierno estadounidense.

El celebérrimo libro de Agee es una reconstrucción de lo que fueron los años que pasó dentro de la CIA (1957–1968): los períodos de reclutamiento, de riguroso entrenamiento y de asignación como oficial de operaciones en tres países latinoamericanos, más los años posteriores en que vivió de manera itinerante por distintos países buscando toda la información que necesitaba para poder escribir su libro, que tomaría la forma de un diario de vida.

Pero, ¿qué llevó a Philip Agee a renunciar a su carrera en la más poderosa organización de espionaje del mundo? ¿Por qué decidió revelar todo lo que sabía de las oscuras maniobras y operaciones de la CIA? ¿Cómo sobrevivió a la persecución del gobierno de su propio país? ¿Por qué terminó respaldando a Cuba y a la revolución sandinista y pasando en La Habana los últimos años de su vida?  

Esta es una serie de crónicas sobre el más demoledor trabajo de un ex espía en la historia reciente. “Lo que informó Agee todavía es considerada la información más alarmante e importante sobre la política exterior de EE. UU. que cualquier denunciante del gobierno estadounidense haya revelado”.[i]

 

                                                                                                                                      Agee en su época de entrenamiento                                                                                                   Fuente: Spartacus Educational

 

Un veloz ascenso como espía

Philip Burnett Franklin Agee nació en Takoma Park, Maryland, en 1935 en el seno de una familia católica, y creció en Tampa, Florida, ciudad que sentía como propia. Su primera inclinación fue por la abogacía. “Yo era un típico exponente de la generación norteamericana de los años 50. Tenía un buen record universitario, pero carecía de formación política. Éramos como una generación perdida. Y me formé, paradójicamente, en América Latina”,[ii] diría Agee en 2007 al recordar que cincuenta años atrás se había enrolado en un programa de reclutamiento de oficiales para la CIA. Pasó todas las pruebas y fue admitido en el verano de 1957. Su carrera fue vertiginosa pues cuando aún estaba en su fase de entrenamiento como oficial de operaciones, recibió su primera asignación en agosto de 1960: Ecuador. Aceptó de inmediato, era lo que estaba esperando, dejar la labor de procesamiento de nombres e informes en Washington DC y salir del país para trabajar en alguna estación de la CIA.

Agee empezó a leer profusamente sobre Ecuador. “¡No puedo dejarlo: es tan interesante todo eso de las ‘repúblicas bananeras’ y el subdesarrollo!”,[iii] anota en su libro. “Ecuador debe ser un ejemplo típico: desgarrado por contradicciones internas y gobernado por oligarquías privilegiadas, mientras sus vecinos más poderosos se han tragado enormes porciones de su territorio que Ecuador no supo defender”,[iv] acota. De tal manera que antes de viajar en diciembre de 1960 tenía abundante información sobre el país. No vacila al manifestar que “Ecuador tiene uno de los más admirables políticos de este siglo en Latinoamérica: José María Velasco Ibarra. (...) Esta es la cuarta vez que ha sido elegido presidente, y ninguna de sus presidencias ha sido consecutiva”.[v] Sin embargo, observa que es un “símbolo tempestuoso de la política en Ecuador, un pulido orador cuyos poderes de retórica son irresistibles para las masas. Pero es también un autoritario a quien le es muy difícil compartir el poder con el Congreso. Su política es tan impredecible como su fiero temperamento”.[vi]

                                                                                           Monumento a José María Velasco Ibarra en Quito                                                                                    Foto: Jaime Flórez Meza

Antes de abordar todo lo concerniente a Ecuador, Agee ha hecho una descripción pormenorizada de los procedimientos y las actividades que realiza “la Compañía” —como es llamada la CIA entre sus miembros— para defender los intereses de EE. UU. en el mundo, dejando en claro que no es lo mismo un oficial que un agente, pues éste es la “persona que trabaja al final de la línea. Suelen ser extranjeros y constituyen el instrumento a través del cual la CIA ejecuta sus operaciones. La palabra ‘agente’ nunca se usa para nombrar a un empleado de carrera que trabaje en una estación como oficial de operaciones (...). Aquí nos entrenan para ser oficiales, no agentes”.[vii]

Agee describe pormenorizadamente cada una de las operaciones que realiza la CIA, que son de una particular complejidad pero que están agrupadas en “Inteligencia en el Exterior (recolección), Contra-inteligencia (protección) y Actividades Paramilitares y Psicológicas (acción)”.[viii] Al momento de redactar su libro, y durante sus ocho años como oficial de operaciones en Ecuador, Uruguay y México, las operaciones específicas de la CIA eran: de infiltración en los partidos de izquierda; de enlace (con organismos de inteligencia locales); contra los soviéticos y sus “satélites” (otros estados comunistas); de propaganda de los EE. UU. ; operaciones entre jóvenes y estudiantes; operaciones laborales (sindicatos); contra el Consejo Mundial para la Paz (WPC, su sigla en inglés); contra periodistas (básicamente contra la Organización Internacional de Periodistas y la prensa comunista local); contra la Asociación Internacional de Abogados Democráticos (a su vez la CIA financió en forma secreta y parcial a la Comisión Internacional de Juristas, que al saberlo tomó medidas para dejar de recibir ese apoyo); de acción política (como es sabido y lo confirma Agee, “las operaciones políticas de la Agencia fueron ampliamente responsables de golpes de estado”[ix]); y las operaciones paramilitares, que además de la guerra no convencional, en la que además “se coordina la tarea de la Agencia para mantener el suministro de las armas en apoyo de fuerzas militares irregulares”,[x] se incluye la Sección de Guerra Económica: “el sabotaje de las principales actividades económicas de un país y la negación de importaciones indispensables, por ejemplo, petróleo”.[xi]

Como puede verse, el principal objetivo de la Agencia en aquellos años de la Guerra Fría era el comunismo internacional, enemigo que, en mi opinión, probablemente fue sobredimensionado en la medida en que la Unión Soviética y sus satélites nunca tuvieron el poder y la capacidad que se les atribuía de desestabilizar el orden político y económico mundial y de exportar su modelo al resto del orbe. La disolución de la URSS y del bloque comunista de Europa del Este era un proceso inevitable quizás, que habría de darse aún sin la intervención paranoica de la CIA: los propios pueblos demostraron ser más efectivos en su lucha contra los regímenes de un solo partido. Por otra parte, ese comunismo internacional estaba dividido entre distintas líneas (soviética, china, trotskista y cubana), lo que lo hacía aparecer débil frente a las economías de mercado y dificultaba su acceso al poder por vías democráticas en países no comunistas; mientras tanto la URSS no vaciló en utilizar los peores métodos represivos (también empleados por la CIA para bloquear cualquier intento de comunismo fuera de sus fronteras) cuando alguno de sus satélites buscó su autonomía, como en el caso de las brutales intervenciones en Hungría (1956) y Checoeslovaquia (1968).

Misión: Ecuador

Acompañado por su esposa Janet, Agee arriba a Quito justamente el día de la fundación española de la ciudad: el 6 de diciembre de 1960. Recuerda sentirse emocionado de contemplar por primera vez los Andes: “Todo el mundo ha oído hablar de los Andes, pero estar verdaderamente ante ese escenario imponente resulta conmovedor”.[xii] Y también la sensación de estar en una primavera permanente: “lo más hermoso de Quito son las flores: parece como si fuera primavera. Alguien me dijo que aquí sólo hay dos estaciones, una húmeda y otra seca, pero hay flores todo el año”.[xiii]

                                                        Vista del volcán Cotopaxi en la provincia de Cotopaxi, Ecuador                                                                Foto: Jaime Flórez Meza

Su llegada se produce en medio de un fervor popular en torno al presidente Velasco Ibarra, cuyo movimiento político, de acuerdo con Agee, “contiene un colorido político que va desde la extrema derecha hasta la extrema izquierda”.[xiv] El mayor temor de la CIA era que la revolución cubana pudiera replicarse de alguna manera no solo en Ecuador sino en cualquier otro país latinoamericano. La conformación de una incipiente célula guerrillera al norte de Ecuador pone en alerta máxima a la estación de la CIA en Quito: era lo que más se temía. Y 1961 empieza con el rompimiento de relaciones de EE. UU. con Cuba y la inminente invasión militar estadounidense a la Isla. Las actividades de propaganda de la CIA se centran en “el peligro de penetración del comunismo internacional en el hemisferio occidental a través de Cuba”.[xv]

Agee reconoce que había “acusaciones alarmistas de actividades subversivas cubanas, incluyendo un informe que pasaron los cubanos de Miami según el cual Castro ha enviado armas a la guerrilla de Colombia y a Ecuador para que las use contra los peruanos”,[xvi] debido al desconocimiento por parte del gobierno de Velasco Ibarra del Protocolo de Río de Janeiro (suscrito en 1942), que ratificaba la posesión de Perú de una vasta parte de un territorio mayormente amazónico tras una disputa que llevó a una breve guerra en 1941. “A pesar de que la victoria peruana no era más que la última de una serie de disputas, que se remontan históricamente hasta antes de que aparecieran los españoles, para Ecuador, fácilmente vencido y desmembrado por la fuerza, el Protocolo de Río es una fuente de humillación nacional y, más aún, de dolor por la generación perdida”,[xvii] agrega Agee.

Sin embargo, la bandera populista de Velasco Ibarra de revaluar el Protocolo de Río no prosperó. Y tras la derrota estadounidense en la invasión a Cuba de Bahía Cochinos en abril de 1961, aumentó la presión contra el gobierno velasquista, propiciada por la CIA, de romper relaciones con Cuba. El presidente nunca lo hizo mientras estuvo en el poder (caería en noviembre de ese año); pero, como deja constancia Agee, su discurso hacia el comunismo cambió en junio de 1961:

“Anunció una doctrina de liberalismo que, para él, significa cooperación más que conflicto entre las clases. Denunció al comunismo, elogió a la democracia representativa y describió su propio rumbo como una ruta entre los extremos de derecha y de izquierda. Dijo que el comunismo debe ser atacado no mediante la represión policial, sino por la eliminación de la miseria, del hambre, las enfermedades y la ignorancia”.[xviii]

Pero una cosa era lo que decía y otra lo que hacía. Para el 11 de noviembre Agee afirma que “desde la huelga general del 4 de octubre hasta ahora hubo por lo menos treinta y dos muertos en cinco ciudades y muchos más heridos, sólo en Quito hubo cuarenta y cinco. No fue un golpe sin sangre”.[xix] En efecto, el 7 de noviembre de 1961 Velasco se vio forzado a dejar el poder tras la dimisión de todo su gabinete, la sublevación de un batallón de Quito, la violencia en las calles, la presión de un país polarizado y seguramente, así lo ignorase, por las maniobras subrepticias de la CIA. El 12 de noviembre partió rumbo al exilio en Panamá. Carlos Julio Arosemena, que era el vicepresidente, asumió la presidencia desde el 8 de noviembre de 1961, pero un golpe militar lo sacaría del poder en julio de 1963. Aunque la influencia izquierdista parecía aún mayor durante el gobierno de Arosemena, en abril de 1962 su nuevo gabinete de concertación nacional votó por el rompimiento de relaciones con Cuba, Checoeslovaquia y Polonia: era ese el principal objetivo de la CIA y el gobierno de los EE.UU.

                                                                                                       El presidente Arosemena (der.) al lado de John F. Kennedy                                                                                        durante su visita oficial a EE. UU. en julio de 1962                                                                                      Imagen: delado.com.ec

“Una de las razones por las que estamos tratando de aislar a Cuba es que el cuartel general [de la CIA, en Virginia] sospecha que los cubanos están entrenando a miles de latinoamericanos en guerrilla, sabotaje y terrorismo”.[xx] No fue muy difícil, sin embargo, eliminar la célula guerrillera que había surgido en Ecuador en aquel tiempo.

Ante la pregunta de Galarza Zavala, en la entrevista de 1975, de si era verdad que los oficiales y agentes de la CIA lograron subvertir el orden en Ecuador durante el período que Agee estuvo ahí (1960-1963), éste responde que “sería más exacto decir que la CIA apoyó a fuerzas internas que subvertían el orden”[xxi] desde la derecha, pues además de financiar protestas, publicar noticias falsas que desprestigiaban a figuras y organizaciones de izquierda o que creaban intrigas políticas, también apoyaba a sectores reaccionarios que incluso realizaban acciones terroristas a nombre de tales organizaciones, o para que fueran atribuidas a ellas. Ese era el caso de las bombas que se detonaban en la entrada de templos católicos en Quito, Guayaquil y Cuenca. “Este trabajo de las bombas lo hace, por lo general, un escuadrón de los socialcristianos, con el fin de suscitar emociones. Uno podría pensar que la gente se da cuenta de esto, pero Renato Pérez, el principal agente socialcristiano dice que puede repetirlo todas las veces que sea necesario”.[xxii]

Sobre su papel en la caída de Velasco, Agee resalta que “no hicimos ningún esfuerzo directo para derrocarlo, pero al financiar las campañas casi religiosas de los conservadores y los socialcristianos contra Cuba y el comunismo los ayudamos a destruir la base del poder de Velasco con los pobres, que lo habían votado en forma abrumadora”.[xxiii] Se entiende, pues, cómo funcionaba la estrategia.

Si bien el diario de Agee abunda en información exhaustiva sobre los programas de la CIA en cada país (nombrados desde el cuartel general mediante criptónimos) y las actividades que de ellos se derivaban, de vez en cuando se dirige a lo que era su vida privada, como cuando se refiere al nacimiento de su primer hijo en octubre de 1961 en Quito y a la marcha de su relación conyugal. “No sé qué hacer con Janet. Continuamos apartados por falta de intereses comunes”, escribe sobre lo que era la situación en diciembre de 1961. “Prácticamente no sabe nada sobre mi trabajo, y al no interesarse por la política ni por aprender el idioma se dedica a jugar al bridge con otras esposas de norteamericanos que sólo se ocupan de trivialidades”. Reconoce que debe ayudarla, “pero la tensión de los acontecimientos diarios me deja muy poca energía, excepto para jugar al golf, que es en lo que paso la mayor parte de mi tiempo libre”.[xxiv]

Del malogrado presidente Arosemena Agee recuerda, entre otras cosas, su alcoholismo, que le jugaría malas pasadas y sería el detonante de su propia caída. Y en cuanto a la estrategia contra su gobierno, que era la misma que fuera empleada contra Velasco, dice: “Por medio de operaciones de acción política y de propaganda intentamos repetir lo que hicimos con Velasco: cortarle todo el apoyo político en lo referente a Cuba y el comunismo, para que sólo le quede la izquierda de su lado”.[xxv]

Llama la atención que Agee no se refiera a dos importantísimos acontecimientos internacionales durante aquellos años de su vida en Ecuador: la crisis de los misiles rusos instalados en Cuba en 1962, lo que puso a EE. UU. y la URSS al borde de una guerra nuclear; y el asesinato del presidente Kennedy en noviembre de 1963. Sobre la crisis de los misiles sólo hace una exigua alusión.  

Agee también señala que la elaboración, por parte de la CIA, de noticias e informes falsos contra grupos y actividades comunistas, y hasta de organizaciones anti comunistas ficticias, a veces tenía el efecto emocional y político de que personas anónimas siguieran publicando panfletos de tal naturaleza con esos nombres. De ese modo hacía que las cosas pasaran.

El ascenso de Agee dentro de la CIA continuaba velozmente: el 15 de junio de 1963 fue promovido a GS-11, “lo que equivale más o menos a capitán en el servicio militar”,[xxvi] explica. Ese día le informaron también que sería transferido a la estación de la CIA en Montevideo. “Estas montañas al fin se vuelven opresivas”,[xxvii] dice Agee respecto a la falta que le hacía estar cerca del mar (recuérdese que creció en Tampa). El 11 de julio de 1963 se produjo el golpe militar contra Arosemena. “Para justificar el golpe, la junta dijo que Arosemena había mancillado el honor nacional con sus frecuentes borracheras y su simpatía por el comunismo”.[xxviii]

Agee finalizó su misión en Ecuador en diciembre de 1963. Aún no se cuestionaba a sí mismo lo que hacía, pero su cultura política se ha ampliado y ahora parece entender ciertas cosas sobre las despectivamente llamadas “repúblicas bananeras”. Por ejemplo, en lo relativo a las causas del problema de seguridad y orden público en un país que él mismo había calificado como un caso típico de banana republic: “la concentración de riqueza y poder en manos de unos pocos, mientras la mayoría está marginada. Esta extrema injusticia sólo puede alentar al pueblo a alcanzar extremas soluciones, y todavía no hay ningún signo de las reformas de las que todo el mundo habla”.[xxix]

Del ocaso de su admirado Velasco Ibarra dice: “Cuatro veces elegido y tres veces depuesto: ganador en los papeles pero perdedor en los hechos. Si sólo hubiera roto con Cuba se habría ganado el apoyo de los conservadores y otros derechistas y habría podido resistir la campaña izquierdista contra sus medidas económicas”.[xxx]

(Próxima entrega: Agee en Uruguay; la lucha contra una izquierda sólida; el golpe militar a Goulart en Brasil; la guerrilla de los Tupamaros; Agee empieza a dudar de su trabajo)

[i] Víctor Carrato, “Philip Agee y el Escuadrón de la Muerte”, Caras y Caretas, 10 de febrero, 2019, https://www.carasycaretas.com.uy/philip-agee-y-el-escuadron-de-la-muerte/

[ii] Philip Agee, en entrevista con Miguel Bonasso, “Diálogo en Cuba con Philip Agee, el más famoso ex agente de la CIA”, Página/12, https://www.pagina12.com.ar/2001/01-10/01-10-29/pag15.htm

[iii] Philip Agee, La CIA por dentro. Diario de un espía, trad. Silvia Lerendegui, Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1987, p. 105

[iv] Ibíd., p. 105.

[v] Ibíd., p. 107

[vi] Ibíd., p. 107

[vii] Ibíd., p. 91

[viii] Ibíd., p. 46

[ix] Ibíd., p. 83

[x] Ibíd., p. 85

[xi] Ibíd., p. 85

[xii] Ibíd., p. 140

[xiii] Ibíd., p. 142

[xiv] Ibíd., p. 115

[xv] Ibíd., p. 152

[xvi] Ibíd., p. 152

[xvii] Ibíd., p. 106

[xviii] Ibíd., p. 174

[xix] Ibíd., p. 190

[xx] Ibíd., p. 195

[xxi] Philip Agee, Jaime Galarza Zavala y Francisco Herrera Aráuz, La CIA contra América Latina. Caso especial: Ecuador, Quito: Ministerio de Relaciones Exteriores y Movilidad Humana, 2014, p. 34 

[xxii] Philip Agee, La CIA por dentro. Diario de un espía, p. 198

[xxiii] Ibíd., p. 193

[xxiv] Ibíd., p. 194

[xxv] Ibíd., p. 199

[xxvi] Ibíd., p. 242

[xxvii] Ibíd., p. 242

[xxviii] Ibíd., p. 246

[xxix] Ibíd., p. 194

[xxx] Ibíd., p. 188